domingo, 1 de enero de 2012

Primera Crónica

En esta oportunidad, por ser la primera de la serie de crónicas que se sucederán en lo posterior, intentaré dejar más o menos en claro ¿qué es Pepper Land? Y digo más o menos, porque sólo puede explicarse más o menos.

En primer lugar afirmar que no es una cosa en sí, sino más bien un estado de las cosas. Cada semana, planeo hacer algo que me ayude a estar un poco más cerca y contar la experiencia en el blog. ¿Esto no será una excusa para hacer esas cosas que vivo relegando?, puede que sí, lo que en todo caso convertiría a este, en el primer blog de autoayuda real en la web.

Auxilio! Policía en cubierta



Después de mucho deliberar, decidí que la primer medida a tomar para encontrar mi Pepper Land, sería insistir con la en mí ya trillada idea de empezar el gimnasio. ¿Por qué? Para bajar los kilos demás, para hacer algo por la oxidada estantería y porque simplemente es un clásico. Cuando alguien quiere hacer algo por su vida empieza el gimnasio, no pregunten, es la forma en que las vidas cambian, donde la calabaza se convierte en carroza, a cambio de transpiración… y módicas cuotas que no paran de subir.

Cuestión que por lo ya mencionado y para ir agotando de entrada las ideas recurrentes, empezar el gimnasio fue lo que elegí para inaugurar la búsqueda, que anticipo, no logré comenzar a cusa de problemas con la ley.

Eran alrededor de las 00.30 del día anterior al día en que pretendía inmiscuirme en el extraño mundo de la actividad física y frente al monitor pensaba en que esa noche debía acostarme temprano. No podía desvelarme en la web, a la mañana siguiente empezaba mi búsqueda. Mientras navegaba, recordé no sin pesar, que tenía que guardar el auto. La cochera está a sólo una cuadra, sin embargo esos 200 mts (porque convengamos que tengo que ir y volver), de los cuales 100 los hago manejando, se me hacen eternos. El momento crítico es siempre antes de ir, se dificulta encontrar las fuerzas necesarias para emprender el viaje hasta la bendita cochera, cuando estoy haciendo algo mucho menos útil, pero seguramente más cómodo.

Estaba pensando dónde habría dejado las llaves, qué leería en la cama al volver y preparándome psicológicamente para el ejercicio del día siguiente, cuando alguien en un cuasi estado de pánico gritó un “Alejo!,Policía!, Linterna!,Auto!”… indescifrable.

Como quien gritaba señalaba la calle, salí. Comprobé allí, que un oficial oscultaba con su linternita de combate el interior de mi 147 color crema, o blanco sucio, como se prefiera y me decía:

-¿El auto es suyo?

-Sí

-¿Tiene goma de auxilio?

- (¿eh?)

En ese momento no lo sabía, pero esas palabras me quedarían grabadas para siempre.

Según supo explicar el señor oficial, habían detenido en las cercanías a un hombre en bicicleta, quien había admitido haberse robado la rueda de auxilio de mi 147. Efectivamente una cerradura forzada, el vidrio bajo y principalmente la falta de la rueda, avalaban los dichos del justiciero.

Había algo raro, convengamos que esto no pasa todos los días, la policía había detenido al delincuente y me había venido a avisar, hasta la tía salió a felicitar al oficial.

Al ratito obviamente apareció a recibir también las condecoraciones quien dijo ser el comisario, iba vestido de civil, y fue quien contó que solían andar de incógnito por la zona previniendo robos. Al perecer les había resultado sospechoso el tipo en bicicleta llevando la rueda y por eso lo habían parado. Obtuvo entonces sus felicitaciones, a las que respondió con cosas como “sólo cumplo con mi deber” o “hago mi trabajo” y antes de irse, las palabras mágicas:

-Lo que sí, vas a tener que pasar dos minutitos por la comisaría a firmar el parte-

En ese momento no sé por qué, un sexto sentido, cierta intuición que tenemos los boludos, un pensamiento que no logro describir con palabras, me hizo pensar: “voy a preferir que se hubiera llevado la rueda”.

Ellos habían hecho su trabajo, yo no tenía por qué pensar en que esos “minutitos” del señor comisario serían más que sólo eso, así que me subí al coche y con la advertencia de que no tocara la puerta por las huellas digitales, me dirigí raudo a la comisaría.

Arribe al lugar alrededor de la 1.30 de la mañana y cuando entré lo primero que vi fue en la recepción tras un escritorio, bajo esa luz tétrica que emanan los fluorescentes a la madrugada, a una mujer que con cara de aburrida escuchaba, como no podía ser de otra forma, “FM policía” que no paraba de pasar todos sus hits, “QTH”, “Dorotea 2” y el infaltable “Natalia, Natalia”.

Me acerqué confiado, pensando que me daba un papel lo firmaba y me iba, pero a cambio obtuve un “sentate que ya te atienden”.

Después de un rato apareció el oficial de la linternita, que con el pecho inflado le contó a su compañera recepcionista, cómo había capturado al ladrón. Decía que lo primero que había hecho fue hacerle creer que si le decía de qué auto había sacado la rueda lo dejaba ir, lo convenció y una vez que el tipo habló, le dijo:

-¿dónde vivís?

-En Berisso

(¡zás! Le puso las esposas)

-Ahora vivís en la 2da

(¡GRANDE RAMBO!)

Después desapareció y yo me quedé solo de nuevo, con la recepcionista que giraba la silla y me daba la espalda, como para que yo no me diera cuenta que se dormía. La deschavaba la cabeza que se le iba cayendo de a poco. Cada tanto, cuando se despertaba sobresaltada me decía “ya te atienden eh, le están tomando declaración al acusado”, como para despistarme, que mina inteligente.

Seguía esperando, entraban cada tanto algunos policías, volvían a salir, unos saludaban, otros no. Apareció de nuevo “linternita” y me dijo que iban a sacar al preso por ahí, (buenísimo, lo único que me faltaba, que supiera que la rueda de auxilio que lo había llevado a la cárcel era mía), lo sacaron y me miraba, lo miré de curioso, fue a la revización médica, al rato volvió, lo metieron adentro y no lo vi más.

La espera seguía, 3.00 de la mañana y el gimnasio estaba en la cuerda floja, en lo más íntimo albergaba la esperanza de que me hicieran entrar, me leyeran algo como “ X robó una goma, lo agarramos y lo encerramos, firma y aclaración” y se acabó la historia, pero no.

De adentro salió otro policía y me dijo que tenía que sacar fotocopias de los papeles del auto, documentos, registro y que para eso me iban a escoltar en una patrulla hasta la fotocopiadora. La camioneta aguardaba por mí en la puerta, adelante iban dos oficiales así que me tocó ir atrás. Genial, lo único que me faltaba era cruzarme con algún conocido que más tarde en alguna reunión comentara “che a qué no saben a quién vi el otro día…”. Por suerte fuimos y volvimos rápido, siempre al ritmo de “Natalia, Natalia”.

Ya eran las 4.00 y yo seguía esperando, pero ahora con dos juegos de fotocopias en la mano. Salió el que me las había encargado y me hizo pasar. 4.30 y yo estaba en la misma situación que antes, pero ahora frente a un tipo que escribía en una computadora y no me hablaba. Ahí no sonaba “Fm Policía”, la habían cambiado por una impresora chirriiiiiiiiiante que me taladraba la cabeza.

Al rato me pidió los papeles, seguía pasando el tiempo y yo sin hacer nada, cada tanto el de la computadora me preguntaba datos como nombre, patente del auto, documentos y yo empezaba a extrañar la radio. Demás está decir que ya habían quedado en el olvido “ X robó una goma, lo agarramos y lo encerramos, firma y aclaración” o los “dos minutitos” del comisario.

En eso se sucedió un hecho que me reconcilió con la vida y conmigo mismo, el que aunque me averguenze decirlo, me hizo sentir que los dioses no estaban en mi contra (por lo menos totalmente), alguien estaba peor que yo.

Desde hacía ya un rato escuchaba a un hombre quejarse en alguna de las habitaciones contiguas. El tipo pedía que por favor lo dejaran ir, que se sentía mal, que tenía que trabajar, eso era todo lo que se escuchaba una y otra vez, mientras una mujer policía le hablaba de que era imposible, que había una carga pública y demás yerbas. Tanto fue que insistió, que la mujer vino y le dijo al que escribía que este hombre se quería ir, que estaba como loco, “decile que ahora lo atiendo” le respondió. Bien, eso significaba entonces que a mi me quedaba poco, o eso pensé.

Ya eran las 5 y algo de la mañana y seguíamos todos en la misma. Fue allí que haciéndose paso y perseguido por la mujer policía, apareció el hombre de los gritos, miró con cara de súplica al de la computadora y le dijo “Me tengo que ir, estoy mal, por favor”, estaba desencajado, pálido, se lo veía cansado, sin embargo, el oficial no se conmovió y le volvió a pedir paciencia, que enseguida lo atendía, que se sentara ahí.

Se preguntarán qué cosa de todo esto a mi me pudo alegrar, aquí va. Con el pasar del rato pude saber que ese hombre sentado hora a mi izquierda, desesperado por irse, era testigo del robo de mi rueda de auxilio!. 5.30 de la mañana él estaba en la misma situación que yo, por una rueda que ni siquiera era suya, alguien la estaba pasando definitivamente peor. Sé que no estuvo bien ponerme contento, pero eso es lo extraño de la mente humana.

Firmé algunos papeles y cuando ya casi estaba listo para huir de la seccional, cuando creí que al fín era libre, el policía escritor dijo: “vas a tener que llevar el auto a que le hagan las pericias”. Nuevamente escolta y 6.00 de la mañana rumbo al sector rastros de la policía. Llegamos y nos atendió uno medio dormido, al rato salió otro con un maletín y comenzó el book de fotos de mi 147, el maquillaje del vidrio en busca de huellas y ahora que me estoy acordando, lo tengo que llevar al lavadero porque me lo dejó lleno de polvo.

7.00 de la mañana en la seccional y otra vez frente al de la computadora. Más preguntas, firmas, preguntas, papeles, preguntas. Ya no estaba el testigo, así que ahora sí y sin lugar a dudas yo era el más desdichado en la comisaría. Tuve que hacer un mapa de dónde estaba el auto (¡¡¡Por favor!!!¿esto es necesario?¡¡¡es una goma de auxilio!!!), las 7.30 y yo seguía ahí. Teléfono, mamá gritando “Esto es todo muy raro, ¿decime qué está pasando?”, nunca odie tanto como ese día a una impresora, última firma a las 8.30 y me voy sin la goma, que la tengo que pasar a buscar con toda la documentación por la fiscalía.

Conclusión, le quiero agradecer a la policía que evitó el robo de mi rueda de auxilio, que como detalle puedo contar que no entra en el auto, porque es de otra medida y sólo estaba en el baúl para cumplir con la VTV .

Mi búsqueda de Pepper Land, como no podía ser de otra forma, empezó con el pie izquierdo, porque demás está decir que hoy no voy a ir al gimnasio, lo que esperemos, sea la próxima crónica.

10 comentarios:

Gabriel Lavric dijo...

Alejo! Inauguro los comentarios de este (nuevo?) blog tuyo.Me gustó tu crónica, pero definitivamente no me hubiera gustado estar en tu lugar jaja! Y si nuestra justica es lenta, pero es mejor que cumplan con todo, a que no hagan nada, o no? Coincido con vos en lo del gimnasio, cuando lo emepezas buscas un cambio, eso es seguro. PepperLand? Es una mezcla de Red hot chilli pepers con la peli Finding Neverland, Peter Pan y comida mexicana? jaja! un abrazo!

Alejo dijo...

Jaja, hola Gaby! felicitaciones, fuiste el primero en comentar! acabás de ganarte un topolín y un frasco de dulce de damazco, gentileza de mi abuela Muñeca. Ahí arreglé lo de los comentarios, hay q seleccionar la opción que dice "Nombre/Url" para hacerlos.
Me gustó mucho tu definición de Pepper Land, pero el nombre viene de otro lado, de la mano de los Beatles... te doy sólo esa pista. Un abrazo grande y gracias por pasarte.

Matibu dijo...

Alex, pero que linda historia y como siempre con ese lujo de detalles que solo vos podes escribir. Lo unico que voy a disentir es con lo del gimnasio, como cuasi profesional de la activdad fisica, creo que estas menospreciando mi querida profesion. Porque por mas que todos algun dia vamos a morir, es mejor para por la vida con un buen estado de salud que todo baqueteado.
Genio te dejo un abrazo, voy a hacerme firme lector de tus cronicas y espero que puedas alcanzar peperland

Gil dijo...

Lo prometido es deuda, aunque seas desconfiado y no creas que te iba a firmar jaja
me gustó la crónica y a Estrella (madre) tb!
te compadezco, pero más aún al pobre testigo...
Con respecto al gym, dejá de buscar excusas Santander y seguí! jaja yo te aliento...
nos vemos!
un beso

pd: el póker merece crónica! :)

Anónimo dijo...

Ale... Siempre un gusto leerte...
me encanto realmente y ya se la stoy por hacer leer a chuli jajaja..

que odisea la tuya!

SOy mai

Anónimo dijo...

Muy bueno Aleman, tenías razón no se disfruta tanto tu vivencia escuchándola, como sí leyéndola... y bueno loco espero que encuentres ese lugar ficticio donde reina la paz, la tranquilidad, la alegría y el amor del que hablaban los Beatles...Pepperland...
Leo

Rodrigo Gallay dijo...

Gran crónica Alejo, logró captar mi atención durante todo el tiempo con ansias x saber como finalizaba la travesía y si se concretaría la ida al gimnasio. Estoy de acuerdo con Gabriel en la actuación de la justicia pero la burocracia es excesiva, cuántas horas x el robo de una goma mirá si presenciabas algún delito mayor. Espero tus próximas crónicas con avidez para leerlas con fruición. Un abrazo

Jarrys! dijo...

Lo prometí... y me colgué, pero ya hago público mi comentario personal y te digo "Qué buena crónica!!!" ja
Aunque parecía un poco larga, es muy llevadera y entretenida, ahora voy por la 2º! Besotes Alejo!!!!

Marcelo dijo...

Lo que pasa, Sr. Alejo, es que Ud. no entró el auto en el debido momento!!!!.
Sr. Labordote, esposo de Carmensú.

Aniko dijo...

Tremendo. Que me hayan hecho esperar unas diez horas para devolverme la cámara y la compu, vaya y pase, pero tanto tiempo por una goma de auxilio, dónde se ha visto! je. Y qué raro que no hayan pedido nada a cambio por acelerar el trámite... Igual el que peor peor la pasó fue el testigo, pobre tipo, estaba en el lugar equivocado en el momento justo.

Me gusta el concepto de Pepperland... Y es un clásico: el día que querés empezar el gimnasio, algo pasa y los dioses te lo impiden. Es como cuando lavás el auto y al toque llueve. Ley de Murphy.