Hace rato que mi amigo Iván me insiste en que es necesario incorporar al blog algún tipo de escrito corto que haga más llevadera la espera de las crónicas… y tiene razón. Casualmente esta semana me pasó algo que sirvió de disparador y generó esa "nueva sección" tan anhelada, que se titulará: “Avanza Dos Casilleros” o “Retrocede Dos Casilleros”, según corresponda.
Desde el año pasado que me vengo preguntando qué hacer con esas cosas chiquitas que van pasando y que por cotidianas y efímeras, por no ser a veces más que una simple frase bonita al pasar o una mirada mal intencionada, no dan para crónica, pero igualmente me alegran o me arruinan el día y contribuyen a que esté un poco más cerca o más lejos de Pepperland.
Bueno, me enorgullezco en informarles que esas pequeñísimas escenas, han encontrado sitio aquí.En esta oportunidad, y como ya creo haber mencionado, traeré a colación un hecho que tuvo lugar esta misma semana, pero no sin antes hacer algunas aclaraciones pertinentes:
Los que me conocen ya lo saben, pero para los que no, les informo que desde temprana edad tengo un serio problema mental, una tara que yo creo debe ser genética, una desviación en mi comportamiento, una especie de fijación con la que he aprendido a convivir.
Hay gente que es esquizofrénica, gente que escucha voces, incluso gente que escucha voces y por eso es esquizofrénica, muy loco esto último, gente bipolar, gente a la que le gusta el sexo con mamuts, gente a la que le gusta la gente, gente que sigue a Manuel Wirtz, gente que es de River, bueno, cada uno sabrá... a mí me gustan los Beatles.
Y yo digo “me gustan los Beatles” y parece una frase así al pasar, una frase boba, pero no. Hay cierto momento en que el simple gusto excede los límites, se convierte en enfermedad y ahí ya no hay vuelta atrás.
Es el instante en que al que le gustaban los leones fue y se quiso voltear al del zoológico. Para el resto “un loco de mierda”, pero para él todo ese comportamiento se justifica y responde a una lógica, la suya.
Él es feliz muriendo en las fauces de su amor, que no se lo come por instinto, ser carnívoro y un animal salvaje, lo devora para perpetuar ese amor, como Julieta suicidándose una vez muerto Romeo. Obviamente el león no va a suicidarse, pero el demente este eso no lo va a saber nunca. Con ese grado de locura y enfermedad, es que a mí me gustan los Beatles.
Igual no se alarmen que no llego a esas instancias porque estoy medicado, consumo dos o tres temitas de Reggaeton por semana y uno de Reggeae y se me equilibra la cosa. Sí, tampoco me gusta el Reggae, eso no lo he dicho, pero para mí es como música electrónica en versión unplugged. Es monótona y las letras son todas iguales “…marihuana, Jah, amor, paz, te quiero, mi hermano, tu hermano…” y todo cantadito con una voz nasal que te exaspera y un organito horrible de fondo haciendo una melodía básica, que bien podría ser obra de un nene de 6 años con poco talento… y ni hablar de los que cantan…“¡flaco sacate la paja!”… sí, me estoy yendo al carajo, perdón.
Estas afirmaciones han sido controvertidas en un círculo pseudo reggae que frecuento y que intentó alegar que tenía que ver con una ideología y una religión. Se las respeto, libertad de culto y de pensamiento, pero la música es horrible.
Volvamos a lo nuestro antes de que un ejército de rastas me quiera linchar o abran el blog “Buscando Zion” y me defenestren a los Beatles.
Cuestión que ahora sí estamos en condiciones de adentrarnos en lo que me pasó esta semana.
Avanza Dos Casilleros
HELP!
Casualmente yo recién había llegado de la costa y quedado en cenar con mi amigo Iván, al que ya mencioné y quien hacía varias semanas respiraba el inconfundible calor del pavimento en enero. La idea era ponernos al tanto de nuestras vidas...que no es que sean muy interesantes, pero son nuestras y eso ya es mucho decir.
La cosa es que a eso de las 8.00 de la noche, todavía con algo de sol y una humedad insoportable, saqué el auto y me dispuse a cumplir con el cometido. Fue así que salí sin más expectativas que una buena cena y una charla agradable… hasta que en el primer semáforo, pasó lo que pasó.
Frené atrás de un carro de cartoneros tirado por un caballo blanco y flaco. Arriba iban tres pibes en cuero, dos de unos veintipico y uno que no pasaba los 8, igual eso lo ví después, porque estacionado en el semáforo lo único que veía era una montaña de cartones, botellas, cajas y fierros. Hasta que los encontré, ahí mirándome… a los 4 de Liverpool.
Entre un ventilador, unos tubos de PBC y maderas, apretujado entre caños, había un cuadro de los Beatles. Iban vestidos de gentlemans, los cuatro con sombrero bombín y paraguas, una foto difícil de encontrar, una rara avis y en perfecto estado.A dos metros del auto John Lennon me pedìa a gritos que no lo dejara morir a costas de un bife de chorizo en el asado del domingo.
El semáforo dio luz verde y el caballo agarró la avenida llevándose a los 4 fantásticos en manos de dos pibes de gorra y un infante, que se los raptaban envueltos en una masa de escombros. Sin pensarlo demasiado seguí manejando por una calle paralela y calculé dónde interceptarlos.
Me di cuenta que desde el auto se me iba a hacer difícil, así que estacioné, lo cerré y empecé a caminar para la avenida. Según mis cálculos tenía que engancharlos en la esquina, pero a mitad de cuadra los vi pasar a toda velocidad en el carro y me entró la desesperación. Me saqué las ojotas y empecé a correr descalzo, una pareja que pasaba me miró raro, pero no había tiempo para dar explicaciones, además decirles “voy a salvar a los Beatles” no les hubiera aclarado absolutamente nada, ni contribuido a mi situación.
En la esquina vi que habían parado a una cuadra, esos 100 metros fue como si no existieran, porque cuando levanté la cabeza ya estaba al lado del carro. El flaco me vio venir y me miró con miedo, calculo que por la cara desencajada y porque ahí nomás lo increpé -¿flaco qué vasa hacer con ese cuadro?- ya me sentía del FBI (Freak Beatles Investigators).
-No, nada, lo íbamos a llevar para casa.
-¿Pero a vos te interesa?
-Y qué se yo…
En ese momento supe que no le interesaba. Le dije que a mi sí y que se lo compraba. El pibe me dijo que no había drama, pero que esperara que lo consultaba con su compañero. El otro que venía trayendo unas cajas tampoco tuvo problema, la fianza me salió 14$ y tendrían que haber visto la carita que puso Paul cuando me vio, la alegría que tenía ese muchacho de que lo fuera a rescatar.
Mientras uno los sacaba del carro en el que iban metidos a presión, yo lo miré al otro y le dije “son los Beatles”, pero fue exactamente como si le hubiera dicho “efervescente”, no tenía la menor idea de lo que le hablaba.
Cuando nos íbamos los 5, los 4 de Liverpool y yo, uno de los pibes me preguntó si no tenía un cigarrillo para convidarle y por primera vez en mi vida quise haber fumado, para poder darle a ese buscador de tesoros un pucho y agradecerle que una tarde de febrero, me acercara un poquito más a Pepperland.
No tengo excusas… vuelvo a estar atrasado con las publicaciones… está bien, muy atrasado con las publicaciones…ok, me colgué mal.
Después de un pequeño gran naufragio que ha llevado las naves a miles de kilómetros de Pepperland y me ha dejado tirado en un pequeño islote, con un bote de madera agujereado y un medio remo… me dispondré a continuar la búsqueda.
Ya que hablamos de botes y si hablamos de botes se supone que hablamos de agua y si hablamos de agua de mares y si hablamos de mares de océanos, tengo una sorpresa:….(suspenso)……(más suspenso)…..(mucho más suspenso)…(Ahí viene)… : me fui a buscar Pepperland a Nueva York. Si señores, esta búsqueda ya es internacional.
¿Por qué a Nueva York? Porque siempre quise conocer Nueva York.
New York, New York (1ra Parte)
Ojo, no es tan fácil como parece. Al que lo ignore le informo que el país del norte, no Canadá, ni México, ni Cuba, ni Guatemala, ni Honduras, ni Nicaragua, ni Costa Rica, ni Panamá, ni Venezuela, ni Colombia, ni Perú, ni Brasil, ni Paraguay… el otro… pone ciertas condiciones para entrar en su territorio. Para ellos no cualquier ser humano es lo suficientemente ser humano como para pisar ese suelo… y es ahí cuando uno empieza a sospechar de lo que le espera más allá de Tijuana.
Fui solo y pensándolo bien volví más solo de lo que me fui… pero en NY propiamente dicho, tuve compañía. A mi compañía la llamaremos “A”. “A” es mujer y estaba allá por trabajo, yo no, yo estaba buscando Pepperland.
¿Por dónde empezar?... por donde necesariamente tiene que empezar cualquiera de nosotros que se quiera ir a Nueva York: la VISA.
A esta gente del norte, del norte-norte, nada que ver con la quena y el charango, les da miedo la gente. Pero esta manía no es de ahora, viene desde hace tiempo.
Me acuerdo que una vez le escuché decir a Michael Moore en una "Breve Historia de los Estados Unidos de América" (Click Aquí para ver. Recomiendo que lo vean, dura 3 mins y no tiene desperdicio) que todo empezó en la época de la colonia cuando “había unas personas en Europa llamadas peregrinos que tenían miedo de ser perseguidos, así que se embarcaron hacia el nuevo mundo (América del Norte), donde ya no volverían a pasar miedo nunca más. Pero cuando llegaron a tierra (a tierra ajena) los recibieron los “salvajes” (los dueños de verdad) y se volvieron a asustar… así que los mataron a todos. Podría pensarse que arrasar con toda una raza de gente los calmaría, pero no. Después empezaron a sentir miedo unos de otros… y quemaron brujas. En 1775 empezaron a matar a los británicos para poder liberarse y les salió bien, pero siguieron sin sentirse seguros, así que aprobaron una enmienda que decía que todos los hombres blancos podían tener un arma. Esto los llevaría a la genial idea de la esclavitud. Por aquel entonces también tenían miedo a trabajar, así que fueron a África, secuestraron a miles de negros y los trajeron a América a trabajar sin ganar nada. Hacerlo de esa manera, convirtió a Estados Unidos, en el país más rico del mundo. Con el tiempo la población negra superó a la blanca en muchas partes del sur y cuando el Norte ganó la guerra civil los eslavos fueron libres y quisieron vivir en paz. Pero los blancos no se lo creyeron del todo y en 1871 crearon el Klux Klux Klan (KKK), que se encargaba de perseguir y linchar a los negros. Al poco tiempo sacaron también una de las primeras leyes sobre armas: una persona negra no podía tener un arma. Fue un gran año para América". Después de esta breve reseña sobre los Estados Unidos y el miedo a lo largo de su historia, volvamos a su último dispositivo de discriminación legalizada: la VISA.
Preguntas frecuentes:
¿Se puede entrar a los Estados Unidos sin una VISA?
Depende de donde vivas. Si vivís en Argentina no… y si vivís en Irak, o en lo que queda, yo creo que tampoco. Es más, andá pensando en ir de vacaciones a otro lado.
¿Qué es una VISA? Tiene varias acepciones:
1-Una tarjeta de crédto. Correcto, pero no es de lo que estamos hablando. 2-Según mi pequeño Larousse ilustrado: Visa-Visado, da: (1) pasaporte visado (2) M. Sello, firma o escrito puesto en una documentación, ya para darle validez, ya para atestiguar el pago de un derecho. 3-Un papel en tu pasaporte con la foto carnet más horrible que van a sacarte jamás. 4-Una nueva forma de marcar diferencias.
¿Es Gratis? -¡Ja!
¿Cómo se consigue? Muy simple…
La cosa comienza con un llamado, pero como no sos tampoco lo suficientemente bueno como para hablar con ellos directamente, te lo cobran.
Son 50 pesos los 15 minutos. Y sin besos en la boca.
Te piden tus datos, te preguntan qué día te vas, a qué, por qué, si ya estuviste, qué hacés de tu vida, cómo está compuesta tu familia, si dormís de costado, si lloraste con el Rey León, si sos terrorista, si manejás armas nucleares, si estás pensando en estrellar un avión en alguna parte… y cuando te querés acordar, sentís que esa persona ya te conoce más que tu pareja… y te enamorás de una operadora.
En ese llamado te dan un turno para ir hasta su embajada, te dicen lo que vas a tener que llevar y te avisan que vas a tener que seguir pagando. Imaginate que si la Hot-Line te cobra 50 mangos, el encuentro cara a cara es otro precio. Y todavía no sabés si te la dan… o mejor dicho ya te la dieron…pero no la VISA.
Ese día vas a tener que llevar, además de pasaporte al día y formularios larguísimos, todo aquello que pruebe que sos lo más parecido posible a un digno sobrino del Tío Sam. Un sobrino que al Tío le da un poco de vergüenza mostrar, hijo de una hermana que siempre fue un poco la oveja negra de la familia, al que está bien verlo un par de días para las fiestas, pero que si no viniera sería mejor.
Después de alrededor de tres millones de controles que incluyen, detector de metales, filas varias y huellas dactilares, entre otras cosas, te espera algo así como una cajera de banco, que atrás de un vidrio y con cara de pocos amigos, te va a preguntar todo lo que se le ocurra y va decidir, según el día que tenga, si te deja o no te deja entrar a su país.
Si te dice que sí, festejás y como te imaginarás seguís pagando cosas. Si te dice que no, pagaste para que te hagan sentir mal y te digan que no estás al mínimo del nivel que se necesita para conocer todo el mundo en el que naciste. En otra vida será (experiencia ideal para masoquistas internacionales).
Aclarado el primer paso ya podemos adentrarnos en el viaje mismo. No hace falta decir que fui en avión… bueno sí, hace falta: fui en avión.
El vuelo salía a las 5.00 de la mañana así que esa noche no dormí. El Airbus/Airemicro en el que viajé, hacía escala en San Pablo y de ahí directo a La Gran Manzana. El primer tramo se me pasó volando (Cuack), fui al lado de un matrimonio que se iba a Buzios de vacaciones, la mujer una señora platinada que sonreía todo el tiempo y el marido un hombre grandote de gesto adusto y seño fruncido que casi no hablaba. Cuando llegué a Brasil, los televisores anunciaban que era el último llamado para mi avión a NY, así que literalmente me bajé de la manga de uno y subí a la del otro.
Me tocó ventanilla, este avión era mucho más grande e incluso tenía una pantallita personal con touch-screen/tocá-pantalla (después nosotros somos los indios) en la que se podían ver películas o consultar un GPS que informaba dónde estaba el avión, cuánto faltaba para llegar, usos horarios de los países y demases.
Arrancamos, carreteamos, despegamos y lo primero que llegó a mis manos fue una bolsita con cosas para el viaje, cepillo de dientes, jabón, dentífrico y crema de cacao (que Scarlett me dijo el viernes que tengo que empezar a usar), entre otros accesorios.
La mujer que tenía al lado, muy agradable por cierto, de nacionalidad Alemano-Argentina, viendo y considerando que íbamos a pasar las próximas diez horas juntos, se dispuso a sacarme charla y dijo refiriéndose a las bolsitas que acababan de darnos:
-Que bueno que dan estas cosas, hasta traen medias.
Y yo, siempre oportuno, tratando de decir algo y sin pensar demasiado lo que le digo, le respondo.
-Sí, la verdad que sí. Trae peine también.
En este punto es conveniente aclarar que la señora era pelada. De las dos millones de boludeces que traía esa bolsa, a mi se me ocurrió hablarle del peine.
La mujer, lejos de clavarme el cepillo de dientes en la yugular, me miró frunciendo el entrecejo y dijo:
-Sí, igual a mi no me sirve de mucho.
Recién ahí tomé conciencia de lo que acababa de decirle.
-Bueno… pero lo importante es que viene ¿no?- me acuerdo que le respondí. Un boludo atómico.
Afortunadamente mi compañera volvió a dirigirme la palabra y resultó ser una persona interesantísima. Me contó de su yerno que era corresponsal del New York Times en Rusia, de su nieta que vivía en París, de su hija que había estudiado en Holanda y de una oportunidad, en la que había tenido que vivir tres días en un aeropuerto.
Estaba preocupada porque nuestro vuelo se había atrasado bastante y temía perder el que la llevaba a París. Cuando llegamos la dejé hablando con un policía del aeropuerto sobre esta cuestión, pero al ratito escuché que a los gritos alguien me llamaba por mi nombre. Cuando me di vuelta era ella (¿quién más podía ser?) que venía con paso rápido. Hicimos juntos la cola, seguimos charlando y nos despedimos en migraciones.
Ahí estaba yo, con mi bolso y una mochila, solo en el Aeropuerto John Fitzerald Kennedy (alias el JFK). “A” me había mandado un sms para que por nada del mundo me tomase un subte, que era mi primera opción y que ahora acababa de quedar descartada. Le hice caso, le pregunté a un seguridad que dormía en una cabina telefónica, cómo podía llegar a Manhattan y me dijo que en Taxi y que me iba a costar unos 50 dólares…(¡La concha de tu madre!)...200 pesos y todavía no salí del aeropuerto.
Bueno… para una primera parte creo que hasta acá está bien… mi amiga Amy me dijo que un “to be continued” a tiempo crea expectativa… yo de marketing no sé nada, pero este me parece un buen momento… el aeropuerto es territorio internacional, así que técnicamente todavía no llegué a Nueva York… para la próxima…
To Be Continued / Continuará
2da Parte
¿Dónde nos habíamos quedado?... Ah sí, “To be Continued”. Volvamos a ponernos en situación: es de noche, estoy en el aeropuerto de Nueva York frente a un guardia que acaba de decirme que la única forma de llegar a Manhattan es en taxi y va a costarme unos 50 dlrs…
Antes de continuar, me doy cuenta que dí algunas cosas por sentadas, por ejemplo, que todos saben cómo está estructurada la ciudad de Nueva York:
New York es un estado y dentro de ese estado está la ciudad que lleva el mismo nombre, compuesta por tres islas: Manhattan, Staten Island y Long Island. No vamos a entrar en detalles, sólo diremos que Manhattan es la isla del medio (ahí están los edificios, las luces, el Central Park, se filman las películas bla bla bla) y en las otras dos, están los barrios: Brooklyn, Queens, Harlem y El Bronx.
Volvemos al guardia y el taxi hasta Manhattan:
El tipo después de darme las indicaciones pertinentes señaló la puerta vidriada del aeropuerto, del otro lado se veía una fila larguísima de taxis amarillos. Acto seguido se acomodó en la cabina y siguió durmiendo.
La puerta se abrió y dí el paso. Ahora sí estaba pisando suelo Newyorkino. Sin embargo no era lo que me esperaba… el JFK está como a unos 45 minutos de lo que yo me esperaba.
Es un poco idealista, lo sé, pero uno dice “New York” e imagina inmediatamente las luces, los colores, el ruido, el Chrysler, el Empire State, la estatua de la libertad, los autos, la gente, Woody Allen paseando un perro junto a su espojastra vietnamita por la 5ta Avenida… y no había nada de eso. Se veían una puerta corrediza, la fila de taxis, mucho gris y una autopista que pasaba lejos… la escena era más bien triste, oscura, o gris que es peor… cuestión, así me va a mí idealizando a la gente y a las cosas.
Miré y en el extremo de la parada un grupo de hombres hablaban entre si, supuse serían los choferes. Apenas me vio venir, uno se me acercó y me dijo ¿Taxi? Le dije que sí, mejor dicho le dije que “yes” y se ofreció a ayudarme con el bolso.
No era un tipo muy alto, era moreno y en la oreja llevaba enganchado un manos libres inalámbrico, cuando pasamos junto al resto del grupo, ví que todos tenían uno.
Nos alejamos y acá vino la primer sorpresa. En lugar de dirigirse a la fila de taxis amarillos, el morocho cruzó la calle y fue hasta una de camionetas 4x4 último modelo estacionadas en frente. Este no es un dato menor si partimos de la base de que si el Taxi amarillo, común y corriente iba a costarme 50 dlrs, una camioneta 4x4 último modelo muy probablemente iba a salirme más cara.
Pregunté entonces -¿Cuánto va a costar el viaje?- mi compañero que ya estaba subiendo los bolsos respondió que menos de “55 dlrs” no podía cobrarme. La diferencia era mínima y después de 12 horas de vuelo yo sólo quería huir, así que acepté.
Mi chofer era ecuatoriano, me contó que hacía varios años que estaba viviendo ahí con su familia y que tenía una casa en Queens, según dijo, “un barrio de argentinos”. Le pregunté si extrañaba Ecuador y me dijo que no, me preguntó cómo estaba Argentina y le dije que mal.
Él vagamente se acordaba de algunas imágenes que había visto por TV hacía algunos años de gente reclamando en las calles, de supermercados saqueados, del llanto de un chino frente a su negocio destruido…ese tipo de imágenes que a la CNN le encanta mostrar del hemisferio ajeno.
Él no se acordaba mucho del por qué de todo eso o nunca lo había sabido… la cosa es que a diez minutos de llegar yo estaba hablando del corralito, de Cavallo y los superpoderes, de la fuga de las sucursales de las bancas extranjeras, de los ahorristas… un viaje “pum para arriba”.
En medio de la alegría del 2001 noté que nuestro amigo ecuatoriano se salía de la autopista por la que veníamos circulando y entraba en un desvío. Detuvo la camioneta en un barrio de casas bajas, grafittis, calles oscuras y puertas iluminadas por lamparitas tenues… yo enseguida supe que eso no era Manhattan.
-Se me pinchó una cubierta- me dijo. Le ofrecí ayuda, pero no quiso aceptarla. Desde donde estaba sentado yo no podía ver la rueda… hagamos aquí un alto en el relato:
Era de noche, estaba en una ciudad que no conocía, bueno tenía algunos datos, por ejemplo que en su momento había sido la más peligrosa del mundo, hasta que llegó Giuliani con su tolerancia cero, pero eso no ayudaba ahora… también sabía que en lugar de un taxi amarillo de esos que a uno no le cabe la menor duda de que son un taxi, yo me había tomado una camioneta 4x4 para mi solo, por 5 dlrs de diferencia… y ahora estaba en una calle oscura en los suburbios de Nueva York, arriba de una 4x4 polarizada, esperando a ver qué pasaba con una rueda pinchada que no podía ver… genial…Heeeellooooowww Neeeewww Yoooooorkkkk!!!
Obvio que yo todavía estaba seteado en “Argentino” y pensaba “Ya está, te van a robar, violar y matar en Nueva York (que top)…, por qué mierda no te tomaste un taxi amarillo…ahora vas a aparecer abajo de un puente en el Bronx con 6 tiros en la cabeza”.
Ya me imaginaba a Mirtha Legrand comentando en su próximo almuerzo: “Hay vieron lo que le pasó a este chico argentino en Nueva York, le robaron, lo violaron y lo mataron al costado de una autopista, que terrible… pero que divino Nueva York, que ciudad magnífica, ¿ustedes han ido?”
Afortunadamente todos mis pensamientos fueron solo parte de la llamada “sensación de inseguridad” de la que hablaba Kirchner, al final salí sano y salvo del percance…aunque claro, le digo a Nestor que si en Argentina se te pincha una cubierta a las 12 de la noche, a 10 minutos de Ezeiza, a la altura de la 31/21, la sensación debe ser otra.
Nuestro ecuatoriano amigo llamó desde la oreja a otra camioneta. Lo hizo en español, así que imaginé que mi nuevo chofer también sería latino.
A los 10 minutos apareció una nueva camioneta, esta vez conducida por un salvadoreño. Arrancamos, seguía el gris y la noche, hasta que de atrás de una curva saltaron de la nada dos millones de edificios iluminados que me agarraron desprevenido… eso sí era Manhattan…la había visto mil veces, pero fue como si no. La cara de boludo que debo haber puesto en ese momento, estoy seguro fue indescriptible… me alegré de que fuera de noche.
Ese fue el primer shock, el primer face to face con la ciudad de Nueva York. He llegado a la conclusión de que esa ciudad lo pone a uno un poco tarado, desde el momento en que la ve, hasta que deja de mirarla. Las luces y el brillo te marean y cuando te querés dar cuenta estás subido a un tren del que no sabés cómo bajarte.
Corrés para todos lados y no sabés por qué, pero todos corren así que seguís corriendo. Le sacás fotos a la gente, a la comida, a un ladrillo, a un taxi, a los edificios. Cuando te encontrás sacandole la quinta foto a un semáforo o a un tacho de basura pensás ¿qué hago?, pero la sacás igual.
Cuando le pregunté al salvadoreño si extrañaba su país me miró con cara rara y dijo que no. Acto seguido agregó que ni loco se iba de Nueva York. La forma en que lo dijo me dejó pensando, así que cuando volví busqué un par de datos de El Salvador. Estuvieron en guerra civil 12 años, terminó en 1992 y son el país más sobrepoblado de Latinoamérica. Si para una superpotencia como China la sobrepoblación es un problema, para un país del 3er mundo es un desastre.
Por algunos juguetes tirados supuse que mi nuevo amigo tendría hijos chicos y por las migas en el asiento, que sacudió con dos golpes de palma antes de que me subiera, que debía pasar mucho tiempo ahí arriba. Hablando de todo un poco me confirmó lo de los hijos y además me contó que su madre también vivía en la ciudad.
El resto del viaje hablamos de fútbol, él sacó el tema. Cuando uno dice que es de Argentina, el interlocutor en un 80% de los casos habla de fútbol. El salvadoreño no fue la excepción. En todo caso era más feliz que hablar de Cavallo.
Me dijo que en Estados Unidos el fútbol era malísimo, él seguía por televisión la liga europea, era hincha del Barcelona y le gustaba Messi. De Argentina sentía simpatía por Boca y ahí en NYC el único deporte que veía era el baseball.
Me llamó la atención lo rápido que manejaban y algo le pregunté al respecto, me contestó que “en Nueva York la gente maneja rápido pero maneja bien”.
Por fín llegamos y con la propina el viaje me terminó saliendo unos 60 dlrs. “A”me había invitado a tomar un trago con ella y sus dos compañeras de trabajo, una Canadiense y otra Yankeenense. Dije que sí.
Bueno, esta crónica se va a volver insostenible en algún punto si no aclaro algunas cosas. Por ejemplo el hecho de que cuando fui a Nueva York yo estaba saliendo con “A”. Ya no.
Si hay otra cosa que caracteriza a esa ciudad es que es endemoniadamente imposible olvidarla a la vuelta. De los últimos tres libros que leí dos hablaban de ella, en uno el protagonista era oriundo de ahí y el otro transcurría entero. Películas todas, series todas, visité un solo puente en el Central Park y ya lo encontré en una película, hay 36, pero al director se le ocurrió filmar en ese. Hasta enganché un partido de los Yankees en TV…¿Quién mira baseball en Argentina?... y a Del Potro se le ocurrió ganar el U.S.Open…
A esto sumésmole que cada persona que sabe que estuvimos va a querer ver las fotos, los videos y un detalle pormenorizado del día a día… si van Nueva York aprendan a convivir con ella por un tiempo.
Era tarde, encontré a “A” en su hotel donde pude dejar el bolso. Con ella estaban sus compañeras. Cuando me quise dar cuenta íbamos los cuatro arriba de un taxi, esta vez de los amarillos, ellas obviamente hablando en inglés y yo tratando de no hablar mucho.
Paramos en el “W” hotel, un morocho grandote vestido de bordó nos abrió la puerta del taxi y nos dio la bienvenida. Entramos y desembocamos en un hall con paredes y techo vidriados. Se podía ver través de los paneles transparentes agua que corría, daba la sensación de que la habitación estaba sumergida. El piso era una alfombra roja con una “W” al medio y en frente estaban las puertas de doble hoja doradas de los dos ascensores. Una se abrió, subimos los cuatro y la canadiense, que ya había estado, marcó el 3ro.
Salimos a un bar de sillones blancos, mesas bajas, una barra larga, piso de madera flotante y mozas que atendían a los clientes en cortísimos vestidos de noche. Toda la gente se reía y tomaba tragos de colores estridentes en copas, copones y vasos de todo tipo.
La música no estaba muy fuerte, era rap o hip hop, pero del marketinero. Los bajos se sentían en el pecho y un par de negros enormes, de ropa deportiva ancha, fancy clothes, movían las cabezas al ritmo. A mi se me vino a la cabeza que esa moda había nacido ahí, en Nueva York.
En la época en que el Bronx y Harlem contenían a la mayor cantidad de delincuentes de la ciudad, la ropa ancha había logrado salirse de la cárcel y llegar a las calles. Por una cuestión de que un pabellón de presos no es una tienda de la 5ta Avenida, desde el más escueto al más entrado en carnes es obligado a usar el talle XXL. Así la ropa grande, los pantalones caídos, las camisas holgadas, fueron imponiéndose primero en los barrios bajos, Harlem y el Bronx, para luego ser moda y terminar vistiendo a un negro que mueve la cabeza al compás de la músic,a mientras toma un tequila sunrise en el tercer piso de un hotel lujoso de Lexington Avenue.
Estados Unidos hace eso, cada expresión cultural la convierte en producto. Lo bueno y lo malo, la mafia se vende, los atentados se venden y al mismo tiempo nos hacen ver comprometidos, la policía se vende, ser newyorkino se vende, dos torres con gente a cambio de una guerra que nos de todo el petróleo de Medio Oriente se vende, cualquier cosa puede ser usada para beneficio del país y generar más plata… ok, me fui por las ramas, volvamos.
Nos sentamos en uno de los sillones que estaban libres, “A” y su amiga canadiense fueron a comprar bebidas y yo me quedé con la yankeenense que hablaba algo de español. Preguntó por el viaje y por el lugar donde pensaba hospedarme, dije que en un hostel de Brooklyn y la expresión de su rostro fue como si le hubiera dicho en una carpa en el Central Park.
En frente nuestro había un grupo de latinos con ropa ceñida y mucho gel en la cabeza, daba la impresión de que eran turistas. Más allá en otra mesa un tipo canoso de camisa a rayas conversaba con una mujer mucho más joven que él.
Volvieron “A” y “C” con cuatro cervezas. En medio de la charla, las norteñas comentaron que yo no parecía latino por como iba vestido y por ser simpático, eso intentó ser un cumplido, ya que todos sabemos que los latinos son huraños y se visten con hojas. El comentario no tenía una pizca de maldad, debo admitirlo, pero me llamó la atención.
Al otro día no vi ni a la canadiense, ni a la yankeenense y “A” trabajó hasta tarde. Cuando terminó nos tomamos un taxi hasta un hostel de Brooklyn donde teníamos reservaciones. Le dijimos la dirección al chofer y cuando vimos que el tipo desplegaba un mapa y rebuznaba, supimos que iba a ser lejos.
A mitad del viaje volvió a desplegar el mapa, no decía nada, balbuceaba y refunfuñaba, si algo era seguro es que no estaba contento. Pasamos por un barrio latino, los carteles estaban en español y ya no había edificios. Nos llamó la atención el consultorio de un dentista, cuyo cartel era una muela gigante bastante descolorida en un local de 1m x 1m. Abundaban los dobles comercios con carteles como “ Juan y Juan – peluquería y estudio jurídico” y eso también llamaba la atención.
Desaparecieron los negocios y pasamos a una zona de fábricas, depósitos y camiones. Si tuviera que describir el escenario diría que era igual al videoclip “Thriller” de Michael Jackson. “A” no estaba contenta, pero decía que si. El viaje nos salió 50 dlrs. El hostel, para esa zona estaba bien.
Había un chino en la recepción que nos recibió y nos asignó las habitaciones, pagamos solo esa noche porque al día siguiente viajábamos a Boston.
El cuarto no tenía conexión eléctrica, había una lámpara de piso con pantalla de papel que iba prendiéndose de a poco, una cama y un intento de “caja fuerte” a la que yo en honor a la verdad llamaría simplemente “caja”. Una ventana chiquita daba a otras dos ventanas que dejaban ver la cocina de alguien.
La habitación tenía Internet, reservamos desde la computadora de “A” el hotel en Boston para el otro día y sacamos los pasajes en micro. Cuando terminamos con eso corrimos a la calle a ver la ciudad.
El subte estaba a unas cuatro cuadras, era de noche, el barrio era un suburbio y lo demostraba en cada baldosa. Nueva York es estereotipo, todo es “como en las películas” y cada persona que la visite no puede dejar de recordarlo y decirlo, por más que sea el pensamiento más trillado del mundo. Un callejón no es un lugar sucio, oscuro y peligroso… es “un callejón como en las películas”… y la cosa adquiere otro nivel, se lo mira con otros ojos y hasta queremos sacarnos una foto con el callejón.
Subimos al subte y “A” les consultó a dos chicas de unos 18 años, de medias cortadas y mucho rimel, por una parada que nos dejara en el Central Park. Le dijeron que bajáramos en Columbus Circle y le advirtieron que a esa hora el parque era peligroso, que no entráramos, había mucha “homeless people”, mucho vagabundo suelto.
Salimos de la boca del subte y éramos los más turistas del mundo. Yo tenía una cámara de fotos y ella una de filmar, los dos con mochilas, íbamos mirando para arriba, cruzando las calles por cualquier lado, hablando a los gritos y chocando gente… “Hola soy turista”.
Estábamos en uno de los vértices del Central Park, alguien dijo que por ahí estaba el Wall Trade Center, pero al final era mentira. A pesar de los consejos de las chicas del subte entramos al parque y dimos una vuelta corta. Después averiguamos cómo llegar al Dakota hotel, donde vivió y murió John Lennon en 1980, asesinado por Mark David Chapman. Sí, ya sé, a primera vista puede no parecer uno de los destinos más alegres, pero para dos fanáticos de los Beatales, es un lugar al que hay que ir, no se discute.
Después de una conversación con un panchero que cuando le pregunté por “Strawberry Fields” (*) me miró como si le preguntara por el monolito de Mafalda, “A” entró en una sucursal de FedEx. Ahí tampoco sabían, pero se tomaron el trabajo de buscarle en Internet la dirección… que bondadosos los newyorkinos… si entraba yo no me vendían una estampilla.
(*): Strawberry Fields es un sector del Central Park realizado en honor a John Lennon y está ubicado frente al Dakota Hotel.
Caminammos bastante hasta Central Park West y la 72, dirección del Dakota. Cuando llegamos nos estábamos peleando por algo, mejor dicho no, directamente no nos hablábamos.
A esto se sumó que el Dakota si es tétrico en fotos, en vivo y en directo es toda una saga de películas de terror juntas y si le agregamos que en la puerta le pegaron cinco tiros a Lennon… la noche era un completo bajón…¿qué más podía pasar?... se largó a llover.
Nos metimos en un lugar de comidas rápidas y compramos dos porciones de pizza que comimos sentados en una mesa, abajo de un toldo que había en la puerta. A los pocos minutos un tipo de delantal blanco y bigote frondoso se puso a barrer, después levantó el resto las mesas y las apiló, adentro apagaron algunas luces… “la ciudad que nunca duerme”.
Esa noche definitivamente nada era como tenía que ser, pero en una ciudad donde toda la gente sobreactúa su personaje, donde todos son estereotipos, donde cada uno desarrolla el papel que le toca, que las cosas no fueran como tenían que ser, nos convertía a nosotros en lo único real.
Que poético mi final, que raro fue escribir esta segunda parte… bueno, recién pasó un día… para que esta crónica no se ponga densa trataré de aglutinar todo el NYC que nos queda en una tercer y última parte…¿cómo?...todavía no lo sé... pero espero lograrlo para antes de las navidades.
To be Continued / Continuará
3ra Parte (Good Bye New York, capítulo final)
Definitivamente me estoy convirtiendo en una Dora. Releyendo la 2da Parte de esta crónica me di cuenta de que no paro de quejarme…soy un bajón.
Escribí en un mal día y se notó, seguramente era domingo a eso de las 7.00 de la tarde “la hora del balazo” como le dicen, por ser el día y el horario con mayor índice de suicidios registrados... y por algo debe ser.
Hoy no sé bien qué día tengo, lo averiguaré cuando termine de escribir, si otra vez es bajón cerramos el blog, bajamos las persianas y declaramos a Pepperland la ciudad perdida.
En primer lugar quiero reivindicar a Brooklyn porque se lo merece y en el post anterior pareció Kosovo. Amé ese barrio, con Thriller, los cuatro tiros que escuché la primera noche, el humo, las fábricas, con todo, eso sí era Nueva York y no aparece en ninguna postal. En Manhattan trabajan todos y no vive nadie, es lo que todos estamos esperando ver… y no vemos más que eso. Brooklyn I Love You.
Volvamos a la historieta…
Amaneció en el Loft Hostel y ya era tarde, teníamos una hora para estar en la puerta del Madison Square Garden y tomarnos el Bus que nos llevaría a Boston. Salimos literalmente corriendo y armados con dos mochilas, bajamos las escaleras de Morgan Station y “A” tuvo tiempo de robarse a la pasada un cartel que decía WET PAINT (pintura fresca), ¿para qué? No sé, souvenir…¿a quién podía servirle saber que ahí había pintura fresca?... a nadie.
Desde la ventanilla el empleado nos dijo por un micrófono: “Shutter Bus”. Eso quería decir que no funcionaba el servicio y había que tomarse un micro que nos iba a dejar en la próxima estación donde funcionara… de nuevo a correr, esta vez escaleras arriba.
Salimos del tunel y la gente ya iba entrando a presión en uno de los micros, veníamos muy retrasados así que no había tiempo para esperar otro.
Fuimos parados (dato: en Nueva York también se viaja parado), apretadísimos, cada vez que frenábamos o arrancábamos me acuerdo que le tenía que pedir disculpas a alguien porque le pegaba y cuando me daba vuelta para hacerlo, me llevaba puesto a otro con la mochila.
Opté por quedarme lo más quieto posible, hasta que “A” me pidió un mapa, entonces empecé a viborear para sacarme la mochila y debo haber batido ampliamente el record en la categoría “I´m Sorry´s Brooklyn traviesa en autobús”, porque nunca le pedí disculpas a tanta gente al mismo tiempo.
Cuando logré sacarlo se lo alcancé y ella lo analizó un rato. Teníamos que bajar en Penn Station y en el mapa figuraban dos paradas con ese nombre… genial. Después me lo devolvió abierto, me acuerdo porque yo no pude cerrarlo, me lo sacó de la mano y lo cerró ella en dos movimientos, cuando me lodevolvió me miraba con esa expresión que sólo puede significar “¿vos sos pelotudo?”
Finalmente llegamos al Madison y el autobús ya se había ido hacía rato. Por suerte en una hora salía otro y había pasajes, mientras esperábamos aprovechamos a recorrer Penn Station y vimos cómo bajaban los instrumentos de KISS, que tocaba esa noche.
Llegó el micro, subimos, “A“ durmió la mayor parte del viaje… pero “A” duerme la mayor parte de lo que sea, inclusive en una oportunidad durmió la mayor parte de una cena,. .. sentada y todo en la mesa de un restaurante… sí, lo sé, las chicas la pasan bárbaro conmigo.
Llegamos a Boston y la ciudad era de casas muy al estilo inglés, recorrimos un poco el centro y yo ví a Cameron Díaz en una tienda:
-¿Está buena? (pregunta recurrente)
-Es flaca, alta y tiene acné (respuesta recurrente)
-¿Acné? (2da pregunta recurrente)
-Sí, acné (2da respuesta recurrente)
-No puede ser (Afirmación recurrente)
-¿Quién la vio vos o yo? (3er pregunta recurrente y fín de la discusión)
Ya era de noche así que decidimos ir hasta el hotel donde teníamos las reservas. Paramos un taxi que manejaba un negro de boina y cuando le dijimos “al Red Roof Inn Hotel” se dio vuelta y nos miró con cara de desconcierto. “A” entonces le alcanzó el papel donde estaba anotada la dirección.
El tipo lo analizó un rato y por fín sentenció: Esto no está en Boston.
No nos esperábamos la noticia. Después de preguntarle unas 900 veces si estaba seguro a ese hombre que vive de llevar gente a todos los hoteles de la ciudad, decidimos creerle.
Finalmente descubrimos que el hotel donde teníamos las reservas estaba en un pueblo cercano llamado Woburn. Habrá estado a unos treinta minutos calculo, llegamos, al lado había un restaurante mexicano, no me acuerdo el nombre, pero tenía luces fluorescentes.
El hotel era excelente, hasta tenía pileta climatizada, nosotros ahora íbamos cargados con varias bolsas además de las mochilas y estábamos cansadísimos. En la recepción nos atendió un muchacho de camisa a rayas verticales negras y azules, lentes y pelo con gel peinado al estilo puercoespín.
Pidió el apellido y “A” le dio el de ella… no figuraba la reserva… antes de entrar en pánico nos acordamos que estaba a mi nombre…le dí el mío… tampoco estaba la reserva… nuestro amigo con gel agregó que el hotel estaba lleno… y frutilla del postre: se nos reía.
El risueño nos alcanzó entonces un teléfono y el número de varios hoteles en Woburn y Boston… todo lleno. El tipo se seguía riendo, como si la situación fuera graciosa… movía la cabeza a un lado y al otro y nos miraba como esperando a que nosotros nos riéramos con él.
Salimos, pasamos frente al restaurante mexicano y “A” divisó a lo lejos un hipermercado, único símbolo de civilización a la vista. “Hay un McDonald´s” dijo ella, esa “M” brillando en el cielo era nuestra única esperanza para pasar la noche… la cosa es que Ronald estaba cerrado igual que el resto del hipermercado… quedaba un solo lugar al que recurrir, el restaurante mexicano.
Entramos y expusimos nuestro relato, ahí nos dijeron que salvo en taxi no había forma de volver a Boston, ya no circulaban ni micros, ni trenes… decidimos cenar ahí, mientras la encargada, una mujer amabilísima, telefoneaba en busca de un hotel a todo el condado.
Detengámonos un momento y hagamos un breve repaso del día 2:
Nos quedamos dormidos, corrimos, no funcionaba el subte, shutter bus, subte, perdimos el micro, tomamos otro, nuestro hotel no quedaba en Boston, era de noche, taxi hasta un pueblo cercano del que no teníamos absolutamente ningún dato, llegada al hotel y noticia de que no figuraba la reserva, no hay habitaciones disponibles ni en Boston ni en el pueblo donde estamos… frutilla del postre… un tipo con gel se nos rie.
Volvamos al restaurante:
Apenas nos habíamos acomodado “A” se sacó el buzo y rompió sus lentes quedando ciega para el resto del viaje. Al rato volvió la encargada y dijo que había encontrado algo…en Saugus, otro pueblo cercano… lo que significaba: taxi.
Finalmente disfrutamos de la cena e incluso me alegré de estar ahí con “A”, a pesar de las malas noticias, los taxis, las direcciones, los hoteles y las no reservas.
La Camarera una mujer tan amable como la encargada, con la que inclusive nos sacamos una foto (esto ya tenía más sentido que sacarse una foto con un callejón) nos dijo que Saugus estaba a 15 minutos de ahí, así que nos quedamos tranquilos, no era tan lejos … pero claro, no contábamos con que el chofer iba a perderse.
Dimos vueltas por caminos insospechados, calles de tierra, autopistas, desvíos, el tipo sacaba mapas, consultaba el GPS´s, llamaba gente, volvía a pasar por donde ya había pasado y se excusaba… para variar la copada de “A” se había quedado dormida. 45 minutos después llegamos al hotel.
Nos desmayamos en la cama y al otro día nos levantamos temprano. Ese segundo día en Boston fue increíble, recorrimos la ciudad y algún parque, almorzamos en pleno césped de la universidad de Harvard y hasta nos metimos en el único pabellón que encontramos abierto, aunque seguramente no podíamos estar ahí. Además coincidimos con el festejo de la Oktoberfest en Harvard Square, desfiles, ferias, bandas, “A” se reía y parecía contenta.
Nuestro Bus de regreso salía al mediodía, pero decidimos perderlo porque la estábamos pasando muy bien. Recién como a las siete de la tarde volvimos a Back Bay Station desde donde salía el micro de vuelta a Nueva York.
Llegamos y el micro de las 7 jamás había aparecido, por lo que una fila de más de cien metros aglutinaba a los pasajeros del de las siete y el de las ocho… y nosotros sin boleto.
Nos pusimos en la cola y cuando llegó el bus “A” se acercó al chofer y le explicó la situación,.El tipo le dijo que si había lugar podíamos viajar, pero que viendo la cantidad de gente, no creía que pudiéramos hacerlo.
El clima en la fila por la gente que hacía más de una hora que esperaba, junto con la que tenía boletos para el de las ocho y no quería viajar a las 9 por culpa de los de las 7, era tenso.
Ante la gran demanda de pasajeros que querían subir el chofer dejó de pedir los boletos, “A” se puso una campera y una gorra para que el tipo no la reconociera y logramos entrar.
Mucha gente quedó afuera, el chofer avisó que otro micro estaba en camino, todos eran felices y nosotros habíamos dado el golpe perfecto. Pero siempre hay un proyecto de Dora a la que se le ocurre armar quilombo.
Entre los que no habían podido entrar había una mujer, una Dorothy, que subió al micro y empezó a acusar que ahí había gente con boleto para las ocho, que ella tenía para el de las siete y tenía prioridad, instando a que declararan quiénes se estaban colando.
El chofer miraba con cara de susto y cada tanto hablaba por teléfono, lo vi subir y buscar entre las caras de los pasajeros, yo estaba seguro de que buscaba a “A”, pero ella estaba de espaldas y no la vio.
En el momento de máxima tensión llegó el otro micro... se solucionó la discusión,.Dorothy se fue rebuznando, pero lo importante era que todos íbamos a volver a Nueva York. Con “A” estábamos enfrentados, ella iba al lado de un hombre de bigote y yo de una mujer regordeta que me levantó con unas palmadas en la cabeza cuando me dormí arriba de ella. Cada vez que me subo a un micro termino pidiéndole disculpas a alguien.
Bien… mi poder de síntesis evidentemente es un desastre porque esto es el día Nro 2 en Nueva York y estuvimos 10… así que de los 8 días restantes contaré solo breves pasajes y haré algunos comentarios:
El Inglés
Una de las pocas mañanas en que con “A” pudimos bajar antes de que termine la hora del desayuno en el hostel, compartimos mesa con un inglés. El tipo cuando supo que éramos argentinos sacó los dos últimos temas que yo hubiera sacado en el mundo para entablar una conversación entre ambos países:
Tema Nro 1: Gol con la mano de Maradona en el 86´
Tema Nro 2: Malvinas… más específicamente “Fuckland”, película cuyo argumento habla de un argentino que para vengarse de lo ocurrido en las islas, las visita y pretende tener relaciones sexuales con todas las malvinenses.
Music at the NYC Subway
En los subtes de Nueva York se respira jazz, ahí se encuentra a los negros más talentosos del mundo. Hace poco fui a ver a Alfredo Casero que comentaba que “cuando repartieron el ritmo empezaron por el norte y cuando llegaron acá tiraron todo lo que quedaba en Uruguay, a nosotros nos dejaron apenas dos cajitas de 5kg” y tiene razón.
Muchos me pidieron que subiera fotos del viaje, prefiero subir tres videos de estos morochos, dos de los cuales le tengo que agradecer a “A” por haberlos filmado. Pueden ver los videos más abajo.
Sección “Mentiras y Verdades de NY”
La Ciudad que Nunca Duerme
A las doce cierra todo.
La Estatua de la Libertad
Re chiquita.
El Empire State
Vale la pena , se ve toda isla desde ahí arriba y después es mucho más fácil ubicarse… esto me lo había adelantado mi queridísima amiga Pili.
Ahí me enteré que a los inmigrantes antes de desembarcar los hacían pasar frente a la estatua como símbolo de “libertad”… ahora los hacen pasar por la VISA y el detector de metales.
La última noche volvimos tarde al hostel, no dormimos, nos pusimos a armar los bolsos y a eso de las cinco de la mañana salimos para el aeropuerto. Mientras yo hacía la cola del chek-in, “A” se fue a dormir a una cabina telefónica. Nos despedimos en la puerta de embarque, antes de que me subiera al avión me dijo que me cuidara, tendría que haberle hecho caso.
The End
Soy realista y no creo que haya una nueva crónica antes de que termine el año, así que considero es el momento de hacer esa mirada retrospectiva que ameritan este tipo de momentos y preguntarnos después de aquella cubierta robada y la noche en la comisaría, de la primer Dora en gimnasio, de Mirta y las Doritas en el garage, del Dr.Quesedormía, de Scarlett, de “A”… ¿Estaremos más cerca de Pepperland que antes? ¿Será éste el camino?... no lo sé… no hay certezas... pero estoy convencido de seguir buscando... y eso tiene que ser bueno.
Existe un problema recurrente en varias disciplinas artísticas con el tema del “estilo” y los “rasgos de estilo”. Sucede que a veces por ejemplo a los que escriben mal, los críticos les dicen que “tienen estilo propio” y eso no es verdad, la cosa es mucho más sencilla, son horribles y punto, no crearon nada nuevo, lo que pasa es que no les sale lo viejo. De lo contrario nadie haría nada mal, seríamos todos artistas con “estilo propio” y haríamos exposiciones de “aire contemporáneo” u “óleo imaginario”, argumentando que “el arte está dentro de cada uno”, yo lo veo así y hay que imaginar las obras, ¡Pavadas! ¡Ahí no hay nada flaco! ¡Devolveme la plata!
Pongamos las cosas en claro, que me digan que Picasso inventó el cubismo y marcó una época, fundó una escuela, está perfecto. Ahora, que me digan que Juan Carlos Hippie Maravilla hizo una casita con palitos de helado y en esa casita se reflejan claramente 500 años de explotación aborigen en Latinoamérica, es mentira.
¿Por qué estamos hablando de esto? Porque alguien dijo que mi atraso en las publicaciones es un “rasgo de estilo” y una característica del blog, que tardo en publicar para darle cierta identidad a la cosa, lamento decirle que no, es de colgado.
La búsqueda continúa y por caminos que ya hemos transitado: la medicina.
Hoy: Mi quiropráctico y mi nueva dentista.
Medical Mystery Tour 2
Mi quiropráctico ha sido bastante criticado por el círculo que frecuento debido a las técnicas que utiliza, pero a mi me saca el dolor que es lo importante. Él es una especie de Mahatma Gandhi de chaqueta blanca con cuello mao y lentes chiquitos que apoya en la punta de la nariz. Un tipo de 45 años aproximadamente, tez morena y sonrisa fraternal como la de Farinello, habla suave y practica varias técnicas, entre ellas: la tibetana de rectificación de columna, la homeopatía y la traumatología. Ahora, de Mahatma le quedó la pinta nomás, porque bien que cobra salada la consulta. Un Gandhi capitalista y talibán.
Atiende la mitad del año acá y la otra mitad en Barcelona, así de top es mi médico. Los turnos hay que pedirlos con dos meses de anticipación, en honor a la verdad yo usé uno que abandonó mi tía Mari de Chivilcoy, de lo contrario seguiría en lista de espera. Así que cuando llamaron a María del Carmen y entré yo, al tipo le debe haber parecido que mi tía estaba cambiada, pero no preguntó, en los tiempos que corren nunca se sabe.
Le dije al hombre que de nuevo estaba mal de la columna y me hizo parar. Me miró de frente y yo, por la experiencia de veces anteriores, sabía lo que estaba mirando. Se fijaba si mis hombros estaban parejos, mis hombros debían estar como los de Michael Jackson en pleno breakdance, porque me hizo acostar boca abajo en la camilla y me cagó a palos como nunca antes.
Siempre previo a esta parte pone música hindú, no sé si para relajar o para que no escuchen los gritos en la sala de espera. Arrancó clavándome los dedos en el cuello tan fuerte que los brazos se me levantaban solos, después el codo en la base de la espalda y de la fuerza que hacía contra mi columna yo veía como se le levantaban los pies del piso, hasta que se escuchaba un “Crack”. Repitió la técnica vértebra por vértebra, cuando iba por la mitad yo ya quería que me pegara un tiro en la nuca y terminara con esto. Cuando agregó “esto va a doler” dije, ya está, hasta acá llegué, cuando se da vuelta le pego una patada y corro. Pero aguanté.
Terminó cansado y me pidió que me parara. Quedamos de frente como dos boxeadores en el quinceavo round de la pelea mirándonos en medio del ring, nos tambaleábamos un poco atontados, él de hacer fuerza y yo de la vapuleada. Me miró de nuevo los hombros y debían estar parejos porque no me hizo volver a acostar.
Hace un tiempo le recomendé este médico a un amigo y me acuerdo que después de la sesión me llamó para putearme, tenía razón.
Me dio dos frascos de pastillas y uno de gotas que se preparan en una farmacia de capital y cobra tan caros como la consulta, pero dice que es el único lugar donde confía que los hacen bien, será de algún pariente. Para esto antes de irme me preguntó si me pasaba algo más y a mi se me ocurrió contarle de mi huevo en la mano. Ahí nomás me enchufó un imán que me dijo que tenía que llevar pegado en la muñeca y no sacármelo ni para bañarme, me duró tres días, ahora lo uso para colgar papeles en la heladera.
Cada vez que salgo del médico masoquista este no sé si me saca el dolor o si ahora me duele tanto todo que no siento lo primero. Es como si me doliera la cabeza y yo fuera a que me corten un dedo.
La dentista me la recomendó un amigo, cuando le comenté que necesitaba encontrar un artesano dental para hacerme un control a él se le iluminaron los ojos, yo en ese momento no entendí por qué, pero lo supe más tarde.
Lo que más me intereso fue que atendiera a cinco cuadras de casa. Mi amigo me dijo con mucho entusiasmo que en el consultorio tenía lo último en tecnología, que no te hacía doler, que trabajaba bien, rápido, que nunca te hacía esperar más de 15 minutos, se convirtió de un momento para el otro en telemarketer dental y en sus palabras se traslucía cierta pasión “extra”, cierta satisfacción agregada, que yo no llegaba a entender del todo, hasta que en la última frase dijo “…y está buenísima”.
Saqué turno y fui. Eran muchos consultorios, el lugar parecía recién estrenado y muy bien decorado, mucha luz natural, sillones de cuero negro y una escultura abstracta enorme que colgaba en la sala de espera sobre la cabeza de los pacientes, esos no son simples detalles, alguien piensa en esas cosas. Me gustó no ver otro cuadro de Monet en otra sala de espera con paredes color pastel, ni las revistas veraniegas del 95 con Raquel Mancini en la tapa. Un dato interesante: ni una sola Dora alrededor.
La secretaria me indicó que pasara por el consultorio número 1, entré y ahí estaba la reina del torno, una especie de Scarlett Johansson rubia, de 26 años, apellido francés y uniforme blanco, una de esas que se le escaparon a Woody Allen por desavenencias geográficas o porque se pasan el día trabajando full-time en una oficina.
Me preguntó por qué había ido y lo primero que me salió fue contarle que mi dentista anterior había dejado de atender pacientes, que ahora se dedicaba a la cirugía porque le daba más plata y que la verdad, el consultorio me quedaba cerca de casa. Cuando llegué a este punto me di cuenta que la pregunta de por qué había ido, también y muy probablemente, podía referirse a mis molestias dentales, por lo que podría haber evitado decirle que no estaba ahí porque ella era buena profesional sino más bien porque me quedaba cómodo. Recién ahí le dije que hacía mucho que no me hacía un control.
Me hizo acostar en el sillón y prendió la lámpara, se puso guantes y empezó a revisar, me colgó un gancho aspirador de un lado de la boca y con otro me tiraba aire por todos lados, me metió también un par de algodones y unas placas metálicas entre los dientes. Yo miraba a un punto fijo alla en el techo y obvio que no hablaba de nada, no tenía con qué.
Me puse a pensar que con tantas cosas en la boca debía tener toda la cara deformada, después vino la anestesia y ahí me acordé de una anécdota que mi amigo me había contado:
Recordaba él que en su última sesión con esta dentista, cuando le terminaban todos los arreglos, se puso a pensar que no la iba a ver más, en realidad hasta que tuviera que hacerse un nuevo control dentro de seis meses. El problema radicaba en que él no quería irse ese día del consultorio sin invitarla a tomar algo. Mi amigo es muy valiente… o bastante caradura. Fue así que cuando terminó la sesión se paró del sillón decidido a hacerle la proposición y exactamente en ese momento, con Scarlett mirándolo a los ojos, se dio cuenta de que tenía la mitad de la cara anestesiada, a lo que siguió la imagen mental de lo mismo que me imaginé yo, un pibe con la mitad de la cara caída como los relojes blandos de Dalí, diciendo: “quegggrría invitaggrrte a tomagrr un crrraffé”, a estas palabras las seguirían una media sonrisa y la baba chorreando por el lado dormido del labio. A Scarlett no le hubiera gustado la escena. Por suerte mi amigo logró contenerse antes de cometer una locura.
Me dio risa el pensamiento y ella me miró como diciendo “¿de qué se ríe este boludo?”. Siguió en lo suyo y después de un rato me sacó todos los artilugios que tenía en la boca. Me paré pero me hizo sentar de nuevo. Agarró mi cepillo, el que me había hecho llevar especialmente y lo examinó, lo miró como si leyera la borra del café, esperaba que me diera alguna predicción como “se vienen tiempos difíciles” o a lo sumo un “ayer comiste milanesas”, pero no. En su lugar me dijo que parecía que el cepillo estaba bien utilizado –Es nuevo- le dije, y se desilusionó un poco. Después me fui.
Ahora medicinalmente me quedaría ver a una dermatóloga por un sarpullido en el cuello y hacerme un control de rutina con el nefrólogo durmiente, pero no sé si eso se convertirá en crónica, ya hubo bastante medicina en el blog. Inclusive si el sarpullido se me va pronto no creo que vaya a ningún lado, además con Scarlett tengo turno la semana que viene y Mahatma me llenó de pastillitas que vinieron adjuntas a un manual indescifrable de cómo tomarlas.
Veremos por dónde seguimos buscando, lo que puede ser dentro de mucho o dentro de poco. Lo bueno es que mi lista de médicos, que a comienzos de año se extendía hasta límites insospechados, disminuyó considerablemente. Necesariamente debo estar más cerca de Pepperland o por lo menos, ser más saludable.
Me di cuenta de que hace ya unas tres crónicas que empiezo disculpándome por el retrazo en las publicaciones. Incluso hace unos días alguien me hizo notar que ya pasó casi un mes desde las aventuras con Mirta, las Doras y Ricardo en el garage de portón verde y Duna rojo.Al principio me preocupó la situación, pero después de una breve reflexión al mejor estilo cartesiano, me autoconvencí de que estaba bien. La reflexión fue:
Nadie puede negar que yo tengo un blog…tampoco que es un “reality blog”…si es un “reality blog” lo que cuento es mi vida…en mi vida llego tarde… si este es mi blog, lo que cuento en mi blog es mi vida y en mi vida llego tarde…es lógico que publique tarde en mi blog.
Resumiendo: esta falta de puntualidad, esta atemporalidad en las entregas, hacen en definitiva que todo esto sea más real. Porque en la vida “no virtual” a veces llego tarde, a veces a horario, a veces muy tarde e incluso puede que en el peor de los casos,no llegue nunca. También pensé que quizás sea yo quien tenga cierta facilidad para encontrar excusas que me justifiquen y además de eso, creérmelas. Como sea, llegó la quinta crónica.
Mi Buena Acción del Día
Estas medidas para encontrar Pepperland son, a diferencia de las anteriores, acciones que surgieron espontáneamente, actos reflejo en el momento de los hechos, sin averiguaciones ni muchas preguntas y sobre todo, sin pensarlo demasiado. Decidí ser bueno por una semana.
Partamos de la base de que a mí siempre me gustaron más los villanos. Eso del héroe/superhéroe que va por ahí ayudando a todos, que va arreglando el mundo, que es lindo y todos lo quieren, me resulta un poco pesado y alguno hasta bastante pelotudo.
En cambio el villano ese que nunca gana, que por lo general es bastante horrible, que elabora para cada capítulo un plan siniestro, indestructible, invierte fortunas para que aparezca Mac Gyver con un tarro de jabón en polvo y tres caramelos bolita y le tire todo a la mierda, en definitiva, ese que nunca tiene una puta alegría, se parece más a mí.
Obviamente que esta es una mirada personal del asunto, creo que tiene que ver un poco con la historia de cada uno. Quizás en algún momento todos nos hayamos identificado con los carilindos de calzas, pero claro, es justamente ahí, cuando uno intenta llevar adelante la filosofía de “hacer el bien” a la vida real, que se da cuenta de que los villanos empiezan a ganar.
Mi primer oportunidad de hacer el bien se dio cuando iba caminando por el barrio porteño de Colegiales, donde sobre calle Concepción Arenal, a metros de Dorrego, se alzan varias casas de antigüedades. De chusma que soy nomás, miraba chucherías y preguntaba precios de muebles a los vendedores, hasta que escondido entre roperos y arriba de un sofá que se tambaleaba sobre una mesa, vi un baúl chiquito, en realidad todo lo chiquito que puede ser un baúl y se me vinieron a la cabeza las palabras de mi santa madre (con la que en ese momento estaba peleado):
“Hay quiero un bául para guardar cosas, de esos antiguos con herrajes, que me sirva de paso para decorar, pero de dónde voy a sacar uno”
En ese momento un halo de bondad me atravesó y rápido hice un par de cuentas mentales que no me cerraron, algo así como: “te duele la espalda, estás a pata, te tenés que tomar el subte y un micro de vuelta hasta La Plata, no sabés si en el micro te van a dejar subir eso, así que lo más probable es que termines en Constitución con ese baúl, ¿y vos desde cuándo sos tan bueno y pensás estas cosas?”, conclusión, cuando me quise dar cuenta estaba diciendo: “lo llevo”.
Me lo dejaron barato y no pesaba mucho, era grandote, bastante incómodo de llevar y de color rojo. Desapercibido no pasaba.
El subte lo pasé sin problemas, algunas caras raras en el molinete, pero ni yo me acuerdo de las caras, ni creo que las caras se acuerden de mí, del baúl seguro. En el subte pasa eso, uno ve gente y gente y caras y caras, que pasan, que miran, que suben, que bajan y se siente chiquito. Uno piensa “mierda que hay gente”, que en realidad ya lo sabe, exactamente 40 millones en todo el país, pero no se pone a pensar en eso hasta que se sube al subte. Encima no termina de procesarlo, que pasa otro igual en sentido contrario con más gente… y es nomás la línea B.
Crucé la 9 de Julio arrastrando el mamotreto y cuando llegué a la parada la cola iba hasta la mitad de cuadra. Ya me había empezado a doler la espalda. El chofer después de un breve cuestionario para ver si era talibán me dejó llevarlo en el buche. Tuve que viajar parado, pero de eso no tuvo la culpa el baúl.
Fui entretenido en el viaje escuchando a un tipo de traje que según pude saber tenía reservada una cancha de tenis para las 7 de la tarde, tenía la raqueta, el equipito, la pelotita y le faltaba el contrincante. Habrá llamado a diez tipos por lo menos desde el celular y la técnica era siempre la misma. Arrancaba hablándoles de cualquier otra cosa, como si llamara para ver cómo andaban, les preguntaba de sus vidas, de la familia, les daba charla y como quien no quiere la cosa les tiraba lo de jugar al tenis a las 7, todos le decían que no.Ahí el tipo se hacía el que no había drama, como si le sobraran los jugadores.
Después del sexto llamado la fórmula empezó a variar, y noté que el tipo de relación con las personas a las que llamaba también, porque ahora arrancaba preguntándoles si se acordaban de él. Además, después de cortar el teléfono, con el clásico “no hay drama, llamo a otro” (con tono de “vos te lo perdés”), el tenista frustrado puteaba. Llegó a llamar a la cancha para saber si no tenían ningún jugador que les sobrara, la respuesta fue obviamente que no y no sé cómo habrá terminado la historia porque llegamos a La Plata.
Llegué dolorido del viaje y de mi vieja sigo esperando aunque sea un “gracias”.
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Bondad– 0 -
Cruda Realidad – 1 -
Fue un viernes que libré mi segunda batalla. Un amigo cumplía años y decidícomprarle un regalo, calculo que si no le compraba nada iba a seguir siendo mi amigo, pero quería regalarle.
Con el tema de los regalos tengo algo especial, antes de hacer un regalo por compromiso prefiero no regalar nada. El regalo tiene que ser para vos, barato o caro, pero para vos, tiene que representarte en algún punto, se tiene que notar que el que lo compró estaba pensando en vos cuando lo hizo.
Por eso en navidad cuando recibo el par de medias anual, me digo a mí mismo, a esto te resumís para estas personas, a un par de medias horrible. Igual el top del ranking se lo llevaron una vez que me regalaron un casco para la bici y se olvidaron que no tenía bici, pero bueno, son detalles que se te pasan.
Resulta que este amigo que cumplía años esta fanatizado con un músico del que prácticamente no hay merchandising y el poco que hay es bastante feo. Está bien que el cantante no es de lo más bonito, pero bueh, algunos discos debe vender y podrían hacer aunque sea un apoya vasos, como para que en ocasiones como esta, yo tenga algo que regalarle a mi amigo.
Mi amigo tiene una sola remera de este músico horrible, en realidad tenía, porque le había quedado chica y hace unos años, para no perder su única prenda de este tipo,lejos de ir a comprarse otra, el rata procedió a cortar los dibujos y coserlos sobre una nueva remera, haciendo así un collage de telas bastante creativo la verdad, que le había quedado bien, o mejor dicho, podría haberle quedado peor.
Cuestión que yo conocedor de esta situación me puse a averiguar y le mandé a hacer una remera, sin collages y especialmente diseñada para él, de este músico desconocido por el 98% de la población mundial.
Obvio que la remera no estuvo lista para el cumple, la ley de Murphy una vez más se hizo valer y estuvo un par de días después.
La fui a buscar, había quedado increíble, todo lo increíble que podía quedar una remera con la cara de ese hombre en el pecho. Lo llamé para llevársela. Fui a la casa con el regalo pensando que no lo iba a poder creer, una remera del pánfilo ese del que apenas se consiguen los discos. Por fín iba a dejar de usar esos pedazos de remera vieja que tiene pegados sobre esa remera que había sido nueva alguna vez, pero que ahora también era vieja y tenía cocidos retazos de una remera aún más vieja. En fín, iba a dejar de usar esa porquería que usa.
Llegué y nos pusimos a tomar mate. Le doy el regalo y me lo agradece -¡Pero abrilo, si no sabés qué es!- Le digo pensando que cuando lo viera se moría de la alegría. Abrió el paquete, miró la remera, la metió en la bolsa de nuevo, latiró al lado de una silla y dijo rápido y en el mismo tono…
-Muy buena ¿che, el agua está fría no?...
Ahí me retrotraje 1 año en el tiempo y me acordé que le habíamos regalado para el cumpleaños anterior un disco de vinilo también de ese pelotudo y había hecho exactamente lo mismo, yo no me curo más. La próxima le llevo un par de medias.
Los amigos no se eligen y a este lo quiero igual, malagradecido e hipocondríaco como es, porque no lo hace de malo, lo hace de boludo nomás.
Como sea:
Bondad– 0-
Cruda Realidad – 2-
La tercera buena acción viene de la mano de otro amigo. Voy a tener que empezar a replantearme las juntas.
Sonó el teléfono y cuando atendí una voz del otro lado dijo “me tenés que hacer el aguante”. Dije que sí… y que fuera lo que Dios quiera.
Cuando me quise dar cuenta me habían metido en medio de una cena política, no conocía a nadie y después de mirar un rato, me di cuenta de que en realidad nadie conocía a nadie ahí adentro.
Al rato apareció un político que después de ser ovacionado por la multitud, habló como una hora, pesadísimo el tipo. Encima la gente aplaudía en cada pausa y hacía todo más largo. Después vino la comida que estaba pasadísima, fría, la gaseosa sin gas y cuando llegué a mi casa la descompostura y la semana a té de manzanilla. Y Roberto Carlos que quiere tener un millón de amigos, yo no tengo tantos y ya me sobran.
Bondad – 0-
Cruda Realidad – 3-
En definitiva perdí por goleada y Cruda Realidad se alzó campeón en mi cancha y me dio la vuelta en la cara. Esto de ser bueno es un arma de doble filo, el problema radica creo yo, en la delgada línea que hay entre: ser bueno y ser boludo.
En este punto la crónica se va a poner un poco venenosa, porque sí. Retomando la teoría de Descartes, si en la vida a veces la cosa se pone seria, en las crónicas del blog también , no es todo cháchara.
Si ud quiere terminar con una sonrisa deja de leer acá que yo no me enojo, esto es como los libritos de “elige tu propia aventura”. Tengo algunas cosas q decir y las voy a decir igual, es mi blog carajo ¿que tengo q dar tantas explicaciones?...
Aclaremos algunas cosas, si bien estas experiencias fueron poco felices, yo hoy las volvería a vivir a todas y cada una. Volvería a cargar con ese baúl porque mi mamá lo quería, le voy a seguir haciendo regalos al malagradecido y el aguante al otro energúmeno, esas cosas no me alejan de Pepperland, incluso son parte.
El problema aparece cuando me hacen mal de verdad. Cuando la gente me desilusiona, cuando sin razón aparente se empeñan en joderme la vida. Los villanos de carne y hueso de los que hablaba hoy, que cuando salgo contento estrenando capa, me tiran un CEAMSE de kriptonita encima.
Hago la aclaración porque en este último tiempo me crucé con varios de estos villanos y lo que más me preocupa, gente a la que quiero también se los cruzó.
Esto me hace acordar a una nota que hace poco me pasó un amigo, que habla en resumidas cuentas del precio que hay que pagar por ciertas cosas. Cuando uno es bueno y se cruza con gente mala, esa desilusión es en definitiva el precio que pagamos por saber a quién tenemos enfrente. Si somos inteligentes lo pagamos una sola vez… pero de eso no hay garantías.
Por las buenas o por las malas, yo seguiré buscando Pepperland…
Como podrán apreciar le he dado una nueva apariencia al blog, les gusta? No? No me importa. Bien, la razón del cambio es que algunos lectores manifestaron que el fondo negro con las letras blancas les dificultaba la lectura, esto sumado a un conocido especialista en temas de diseño que me dijo lo mismo, terminaron convenciéndome de cambiar el negro y el blanco por estos tonos pasteles y crema, que dicen, son losrecomendables.
El yoga se ha hecho esperar, lo sé. Aclaro que ahora necesito urgente un quiropráctico para la espalda y que la sesión fue mucho menos relajante de lo que esperaba. Una recomendación: no hagan yoga en cercanías de un niño.
My Garage Band
Bien, el primer paso fue encontrar una instructora. Después de un breve relevamiento llegué a dos, una muy afamada que sale en el diario y otra que es del barrio y da las clases en un garage. Como ya la gente con renombre tuvo su oportunidad y me defraudó (Dr.Quesedormía), ganó la del garage.
No tenía número ni nada, nomás un nombre y una dirección, así que me dirigí al lugar en cuestión. “Es un portón verde”, me habían dicho, lo encontré fácil, llegué toqué timbre y me abrió la puerta una mujer de unos 50 años: Mirta (la profe).
Le explique mi situación, en realidad no, le figuré una situación más normal, porque si yo le decía que quería hacer yoga para escribir una crónica o para encontrar Pepperland, su mirada iba a ser como la mía cuando me dijeron “el doctor se duerme, pero es el mejor” (y les aseguro que no es una buena 1ra impresión). Así que le dije algo así como que andaba estresado y que me habían dicho que hacer yoga me iba a ayudar… que en cierto punto es verdad.
La mujer me dijo que no había ningún problema, que las clases las estaba dando a las 19.00 hs los días jueves y que podía probar sin compromiso. Quedamos en vernos esa misma semana. Antes de que cerrara la puerta reparé en el hecho de que seguramente ese que estaba detrás de ella, donde ahora había estacionado un Fiat Duna color rojo, era el garage donde me habían dicho que daba las clases.
El jueves me presenté a la hora acordada vistiendo jogging azul y buzo rojo, toqué el portón, me abrió Mirta y para mi tranquilidad no estaba el Duna, íbamos a estar apretados sino. Había ya dos señoras, llamémoslas Doras, desde este momento el término “Dora” remitirá a ese tipo de señoras de cierta edad que todos conocemos y a las que no hace falta describir (El nombre es en conmemoración a aquella mártir de la bicicleta fija, aparecida en el 2do post de este blog).
Entré y me miraron las Doras de arriba abajo con cara de asombro, saludé y una de ellas con ese tono tan particular que suelen tener las Doras, me dijo “¿vos venís a la clase? que raro un hombre que haga yoga” (+ risita cómplice con la otra Dora), divina la señora.
Al ratito llegaron otras dos Doras más y nos dispusimos a comenzar los ejercios, Dora 1, Dora 2, Dora 3, Dora 4 y yo. Afortunadamente había colchonetas para todos.
-Nos sentaaaamoooos, respiraaamos hooondooooo… y exhalaaaamos…-dijo Mirta unas 45 veces.
Terminada la etapa de respiración, que con el resfrío que tenía era vergonzosa, vino la llamada “primera posición”.
-Primera posición- dijo Mirta
Yo la miré, con cara de “¿Eh?” y ella procedió a explicarme muy didácticamente que existía una posición que era muy simple, la que incluso uno podía realizar en su casa, en el trabajo, sala de espera, oficina o donde fuere y cuando fuere, que servía para relajar todo el cuerpo (Las Doras asentían con la cabeza y hacían comentarios como “es bárbara”, “la vas a hacer en todos lados”, “yo lo hago mientas cocino” y demás) se llamaba 1ra posición.
Debo admitir que verdaderamente la posición era simple y surtió efecto al instante (punto para el yoga, no me lo esperaba), la misma consistía en presionar fuerte con dos dedos el lóbulo de la oreja derecha y abrir y cerrar lenta y repetidamente la boca, sólo eso.
A medida que uno lo iba haciendo sentía cómo los músculos se relajaban, respiraba mejor, entraba más aire a los pulmones y si alguien lo está haciendo en este momento, sepa que no tiene ni la menor idea de lo que es el yoga.
Admito que llegué con algunas pre-nociones a mi primera clase, sacadas seguramente de películas y relatos de mi madre (ex - yoguista). Según mi imaginario personal yo entendía que esta técnica milenaria debía realzarse indefectiblemente acompañada de una melodíaque transmitiera serenidad, paz interior, algo celta, étnico, un conjunto de vientos, un cuarteto de cuerdas, incluso música de cámara, la banda sonora de la Historia Sin Fín, pero jamás de los jamases, Ricardo Arjona.
Se ve que la gente se da cuenta de ciertas cosas, porque Mirta enseguida que le dio play al radiograbador PHILIPS a casette, me miró y me dijo “a las chicas les gusta Ricardo, las relaja, así que te vas a tener que acostumbrar”, le sonreí a la profe y le dije que estaba bien, mientras pensaba, si seguimos haciendo lo que les gusta a las chicas vamos a terminar todos tejiendo y comiendo buñuelos en la cocina.
Empecé a dilucidar que estas clases respondían a lo que unos amigos míos denominarían “el yoga del subdesarrollo”, una adaptación de la técnica original, acorde a la realidad de cada uno, como si diera lo mismo, acá en Argentina hay mucho de esto y se da en varias disciplinas.
Bien, las posiciones déjenme repasar fueron varias, todas acompañadas con respiración lenta y acompasada. Hicimos el medio giro, el arco, la vela, el puente y el triángulo y seguramente alguna me esté olvidando… no me voy a detener a explicar cada una… lo único que tengo para decir es que no tuve nada que envidiarles a las Doras y eso que me llevan varias clases de ventaja… y como 60 años.
Sinceramente en un momento casi llego a relajarme, incluso con Arjona cantando y los quejidos de las Doras de fondo. Mirta hablaba alargando todas las palaaaaaabras, pareecee que eeeso da tranquilidaaaaaad, y estaba funcionaaaaando…asíiii…exhaaaaando…respiraaando…señooora de las cuatroo deeeeeecadaaaaassss…. Y de repente se abrió la puerta del Garage al tiempo que un demonio de nueve años gritaba “MAMÁAAAAAAAAAAAAAAA!!! La abuela por teléeeeeefono” y pegaba el portazo …al carajo el yoga, la respiración, Arjona, la señora de las cuatro décadas, su mirada de fuego al andar, casi me quiebro todo, contractura de golpe y las Doras volaron por los aires. Una se pegó tal susto que creí se nos quedaba ahí, se agarraba el pecho y abría los ojos grandotes agitada (de verdad me asusté por la señora)… fue como si hubiera entrado el Duna rojo y nos hubiera atropellado a todos. Mirta pidió disculpas y después se escucharon un par de gritos adentro, no pasa nada, dijimos todos cuando volvió…pobre angelito, ¿cuántos años tiene?.
Me fui peor de lo que había llegado porque esto pasó promediando el final de la sesión. No sé si por ese incidente o alguna de las posiciones, pero ahora la espalda la tengo a la miseria.
Eso fue en resumen mi clase de yoga con las señoras del barrio, que ahora las cruzo en el almacén o la verdulería y ya somos como medio amigotes, después de verlas en yogging y haciendo esos sonidos que hacían, es como si las conociera de toda la vida… y un poco más de lo que hubiera querido.
Si la tercera crónica se hizo esperar, la cuarta ni les cuento. Podría decir que para crear expectativa, para hacer crecer el interés, pero no, no soy ni tan maquiavélico, ni me asesora ninguna consultora. Por el momento sólo puedo adelantar que la decisión está tomada, voy a a hacer yoga, no conozco de esta práctica más de lo que he visto en las películas, pero sinceramente tampoco creo que pueda haber mucho más (espero).
Como decía y como claramente puede apreciarse, me he atrasado con la publicación de la 4ta crónica, pero aceptemos que esto de experimentar cosas nuevas cada semana y escribir la experiencia, se torna difícil, no por una cuestión de predisposición, sino de averiguaciones, decisiones, días, horarios, recordemos que este reality-blog se sucede en tiempo real. Por lo pronto he dado con dos especialistas en materia yoguística, una de ellas muy recomendada por cierto, lo que me recuerda a la crónica número 3… y me preocupa.
Otro punto que me gustaría tocar en este (paréntesis) es el de las recomendaciones. He recibido varias propuestas de algunos lectores, para realizar actividades que me ayuden a encontrar Pepperland, aprovecho esta oportunidad para mencionar que aquellos que tengan en mente algo que contribuya a la causa, es bienvenido.
Hasta el momento he recibido la recomendación de asistir a un grupo de “Solos y Solas”, lo que me sorprendió al principio, pero que debo admitir sería una crónica más que interesante, un curso de respiración y relajación, aunque ya pensar en ir a que me enseñen a respirar me resulta extraño, alguien llegó a mencionar una sesión de belleza, con exfoliaciones de la piel y no sé qué otras cosas más, también otras más simples como ir a la peluquería, ese micromundo con olor a tintura y gel que todos hemos transitado alguna vez, en fin, ideas sobran y se buscan más… aunque ya me sinto un conejillo de indias.
Esta crónica se hizo esperar más que las anteriores, lo sé, pero sepamos entender que eran muchos los médicos por visitar. Bien, enumerando puedo decir orgulloso que fui a una nutricionista, a un dentista y al que controló mi quiste en el riñón. No fui al de la piel, ni al…al…al…al que me diga qué es lo que me salió en la mano, principalmente porque no sé a quién acudir, si a un médico, mucho menos a qué médico, a la APG, a un brujo... alguna mente maligna me llegó a decir que vaya a un veterinario.
Medical Mystery Tour
Debería comenzar este relato por el pedido de turnos, los reiterados llamados telefónicos, el buen humor de las secretarias, los datos, comprar los bonos, las esperas, los contestadores, las colas, la obra social… pero sinceramente todo eso merecería una publicación aparte.
Por lo antes mencionado, nos trasladaremos directamente hacia el meollo del asunto, a lo prometido, al “qui” de la cuestión, al primer lugar en que nos encontramos cuando vamos al médico, a esa particular habitación que antecede la consulta: a la sala de espera.
En primer lugar quiero decir que aproximadamente el 80% de las salas de espera que he visitado, tienen por alguna razón cuadros de Monet. Me cuesta creer que todos los doctores tengan el mismo gusto en materia artística, o que junto con el título la Facultad de Medicina entregue a sus egresados una serie de láminas, ¿tendrá algún fín terapéutico y yo no lo sé? Esta regularidad siempre me llamó la atención, en fín, sin quererlo ese fetiche de los médicos, ha transformado al pintor francés, en sinónimo de enfermedad y espera para mí.
El segundo elemento que no puede faltar son las revistas. Por lo general se hace una inversión inicial de alrededor de 20 magazines, que se entremezclan con folletos médicos y eso queda ahí, para siempre, en un revistero o sobre la mesa ratona.
A través de las revistas uno puede conocer más a su médico e incluso saber cuánto deberá esperar para ser atendido. ¿Cómo? De la siguiente manera: las revistas digamos “de espera”, no son comunes, han sido meticulosamente seleccionadas y se ha tenido en cuenta un detalle fundamental, todas deben tener crucigrama (y alguna noticia de Marcelo Tinelli).
Mediante la observación minuciosa de los crucigramas, es como podremos calcular nuestra estadía. Partamos de la base de que todos van a estar hechos y terminados, jamás en una sala de espera se hallará un crucigrama vacío.
Lo primero a tener en cuenta, es observar si los mismos han sido realizados con la misma letra y la misma lapicera, en caso de que no sea así y uno note que son varias las personas que han participado de la realización, el veredicto es positivo. Alegrémonos, quiere decir que nuestro médico despacha rápido a sus pacientes. Cuantos más colores y más tipografías encontremos, los resultados serán más alentadores. Por el contrario, si está a la vista de que los crucigramas han sido realizados de punta a punta por las mismas personas, debemos preocuparnos y comenzar a leer la nota de Tinelli, tenemos para un rato.
El segundo detalle son nuestros compañeros de espera y las múltiples relaciones y competencias que entre ellos se establecen. Tenemos compañeros de espera que charlan y otros que simplemente no, particularmente prefiero los últimos. Pero todos, en especial las señoras grandes, establecen entre ellas una batalla muda, una guerra fría, en la que se juegan el orgullo y el poder sobre el resto. Hay un solo objetivo: que el doctor las salude.
Cuando el médico sale a despedir a un paciente y se dispone a llamar al siguiente es el momento de actuar. Estas mujeres se enderezan en sus asientos y le calvan la mirada buscándole los ojos, no lo dejan en paz, al tiempo que le hacen una sonrisita picarona, desviviéndose por lograr el ansiado –Hola Olga, ¿cómo está?- .
Cuando se cierra la puerta ellas quedan ahí, con esa sonrisa de satisfacción en el rostro y miran al resto como diciendo, “vieron, me saludó el dotor”, victoriosas.
Yo querría decirle Olga, que no sé cuán bueno es que el doctor ya la conozca y sepa su nombre, digamos que a lo menos el hecho no suena muy saludable para con su persona, pero si usted es feliz.
Cuestión, que como ya creo haber mencionado, la primer especialista consultada fue una nutricionista. La señora me atendió rápido por suerte y casi no pasé por la sala de espera, se disculpó porque recién llegaba del gimnasio y no se había bañado (o yo hace mucho que no voy al médico o esto es poco serio).
La mujer tenía el consultorio armado en su casa, pero armado como consultorio, digamos que bien armado, la casa separada del lugar donde atendía. Hago esta aclración porque ya veremos más adelante que hubo otro, que antes de ingresar me hizo pasar por una cocina y al que a mitad de la consulta el hijo vino a pedirle plata (¿sacaron el ingreso a medicina?).
Bueno, esto fue rápido, me preguntó qué me gustaba comer, lo cargo en una computadora, apretó “enter”, imprimió una dieta, me dijo que me veía en un mes y que eran 50$ más un bono A, genial (¿alguien sabe si ese programa puede bajarse de Internet? Porque me sale más barato). Antes de irme le pregunté, sin ánimos de ofender a la licenciada, ni pretender pedirle explicaciones a una especialista en una disciplina que claramente no me concierne y desconozco:
-¿No me tendrías que pesar?-,
-¡Uh, Sí! Menos mal que te acordaste-
(Uh, menos mal que no sos cardióloga)
El segundo especialista pasará rápido (Off the record: lo conozco y no quedaría bien que hable mal de él, porque nunca me cobra la consulta), el dentista. Demás está decir que la atención fue excelente y yo sé que él no tiene la culpa del horroroso torno, las pinzas, el olor, la anestesia, la luz enceguecedora, el babero de papel y todas esas cosas que hacen del dentista una experiencia renovadora, en la que cada sesión nos hace apreciar más la vida… lejos de ahí.
Cerrado rápidamente el tema dentista me adentraré en la experiencia médica que sinceramente más me marcó y aunque muchos dirán “es imposible”, aseguro que es 100% real y por ser la más jugosa de las historias, me detendré en algunos detalles (con esto compensamos lo del dentista).
Fui por el control de un quiste que hace algunos años me fue hallado en el riñón y que si bien no es peligroso, debo controlar cada seis meses.
El especialista en cuestión me llegó muy bien recomendado por otro médico conocido, que lo calificó como el mejor de la ciudad, jefe de tal hospital, premiado, autor de varios libros en materia de nefrología, en fin, una eminencia.
El primer detalle fue el pedido de turno, debía realizarse en persona, entre las 11.00 y las 14.00, en el domicilio del doctor, que era también donde atendía. Cuando llegué ya había cola en la puerta y un hombre incluso había llevado un banquito desplegable para la espera, a horario se dieron los turnos y a mí me tocó a las 18.00.
Llegué puntual para no hacer esperar a su señoría y en la sala de espera ya había tres señoras muy mayores aguardando. Una puerta doble con vitró separaba la sala de espera del comedor diario de la casa del doctor y otra al fondo parecía conducir al consultorio.
Me senté y agarré la primer revista que estaba arriba de la mesa, el crucigrama estaba hecho de “Salmón” horizontal a “Sueiro” vertical, por la misma persona.
Debo decir, que después del robo a mi rueda de auxilio (¡que no fui a buscar!, puta, me acuerdo cuando escribo estas crónicas nomás), las esperas ya no me parecen tan largas, todo se ha relativizado. Pero al llegar a las 18.00 puntual, ver que tres personas aguardaban ser atendidas y especialmente cuando el paciente que estaba adentro salió a las 20.00, me empecé a preocupar.
Una de las mujeres se levantó y se dispuso a ingresar en el consultorio, por la velocidad con que se movía barajé la posibilidad de pasar la noche allí.
Me quedé ahí con mis dos compañeras, que rezaba para que fuesen hermanas, amigas, novias, decoración o algo que adelantase mi turno. En un momento de desesperación llegué a pensar que una de ellas no viviría más de 20 minutos, lo que haría que me atendiesen más rápido, pero no, sobrevivió.
Alrededor de las 20.40, pasó lo que no tenía que pasar, una me habló. Cual Dora en el gimnasio, preguntó:
-¿Primera vez con el doctor?-
-Sí-
Sinceramente necesitaba que el tiempo pasara de alguna forma y decidí, ya que estaba, averiguar un poco sobre qué me esperaba del otro lado de la puerta:
-¿Y qué tal el doctor?- pregunté
-Haaaaaaaaay, es excelente- gritó una mientras la otra asentía con la cabeza.
Después de las descripciones que me hicieron estas dos señoras, llegué a la conclusión de que ambas estaban enamoradas del médico. Una decía incluso que iba una vez por mes “por las dudas”. No sé, iba a que el señor la tocara un rato y le dijera que no tenía nada.
Por los antecedentes que ya me habían dado no me sorprendió que las mujeres se desvivieran en anécdotas y juicios positivos sobre el superdoctor, pero hubo una frase que me dejó pensando y con cara de confundido.
-Aunque se duerma, es el mejor-
(¿?)
La mujer debe haber visto mi cara, porque enseguida agregó:
-Te explico, él a veces se te queda dormido, pero vos esperá un ratito que se despierta y sigue con lo que te estaba diciendo. Es porque trabaja mucho pobre, pero es el mejor-
No creo que después de la explicación de la señora mi expresión haya sido de más tranquilidad. Pero me dio algo en qué pensar.
Bueno, esto podía explicar las largas esperas, en algún momento me preocupé por lo que podían hacer esas señoras con el médico dormido, se aprovecharían o lo tomarían con naturalidad y se dormirían una siesta con él, para levantarse al rato y seguir con la consulta, no sé.
Me atendió a las 22.00. Entré y era un hombre de unos 40 años, parecía serio, para llegar al consultorio pasé por una cocina donde estaba cenando gente, casi saludo pero me arrepentí a último momento, no correspondía, ah por si a alguien le interesa comían pollo.
El escritorio del señor estaba lleno de libros de medicina, a sus espaldas una biblioteca con más libros y las paredes abarrotadas de diplomas.
Entró un chico de 17 años que con tono de chico de 17 años dijo:
-¿Paaa… tenés plata?-
El doctor no dijo nada, sacó 20 pesos arrugados del bolsillo y se los dio al pibe.
Me pidió los datos (ya un clásico), me pesó, me midió, me tocó, me preguntó si se me dormían las manos, nada raro. Pase la primer prueba y hasta el momento el señor seguía despierto.
Nos sentamos en el escritorio y me pidió las ecografías, radiografías y demases del riñón como para mirar el quiste, que era la única razón por la que yo seguía ahí a las diez de la noche.
Sin levantarse de la silla alzó la mano con la radiografía hacia la luz de una araña que colgaba sobre el escritorio… la dejó ahí, miró…no decía nada…siguió sin decir nada, estaba duro, y ahí lo supe… se me había dormido el doctor.
De a poco la cabeza se le empezó a ir para atrás, la radiografía en alto, el tipo durmiendo, yo sentado frente a él… y olor a pollo.
(Ahora caigo en la cuenta de la suerte que tuve en que esas señoras me hayan advertido de esto, en otras circunstancias yo hubiera creído que el tipo se me había muerto)
Miré la radiografía y vi que empezaba a perder rigidez, porque evidentemente la mano del doctor se iba aflojando a medida que en él avanzaba el sueño. Fue eso, cuando la radiografía casi se le cae que volvió en sí y me miró…y lo miré… no dijo nada. Calculo que no sabría si me había dado cuenta.
Miró tres estudios más y juro que en los tres le pasó lo mismo, para el último ya yo también me estaba acomodando. Por lo menos cuando se despertaba no hacía ningún comentario, como alguna vez una mujer policía, intentando disimular.
Me dijo que no tenía nada, que me veía en seis meses para controlarlo de nuevo, le pagué porque el señor cobra en efectivo y no trabaja con obras sociales y me fui. Ahora el tema es que no sé si creerle… se tomó a pecho lo de “hazte fama y échate a dormir” parece.
Bueno los médicos que quedaron en el tintero ya los veré, igual lo de la piel dicen que es por el stress y lo de la mano… un misterio, ¿estigma?, no sé, quizás.
Para la próxima crónica estoy pensando qué hacer… retomar mis estudios de inglés para refrescar conocimientos o ir a una clase de yoga, dicen que sirve y como Pepperland no se bien donde queda, por ahí ayuda. Espero por lo menos estar más cerca que antes, yo creo que sí.